martes, 23 de abril de 2013

Tragicomedia matutina

Desnudémonos con la palabra, mi amor.
No a través de esa vana oralidad compartida entre recreo y recreo, que bien sabemos constituye un obstáculo para la expresión de nuestro sentir más profundo. Un espacio físco en el cual, entre miles de ojos acusadores y curiosas miradas, no es bien concebido acariciarte. No me permiten rozar tus labios.
Desarrollando una especie de clandestina intimidad, miradas cargadas de frondosa pasión son ya un hábito y el roze de nuestros dedos una moneda corriente. Ay, si supieras.
Si fuera yo capaz de hacerte saber dé qué trata todo aquel remolino que inunda mi mente cada vez que mis extremidades inferiores (más veloces y ansiosas que nunca) titilian sigiliosamente sobre aquellas escaleras, con los puños fuertemente cerrados y una incontenible felicidad que reboza de mi pecho. Cada vez que corres el velo separatorio que distancian ambos hemisferios, polos pertenecientes a nuestras clases, con un casual beso en mi mejilla y una sonrisa.

Desnudémonos con la palabra, mi amor.
Porque quiero que me vistas de esa dulzura que emana tu misterioso y mágico sonreír. Porque quiero que esas comisuras logren alcanzar tal apertura de placer al deslizarte en mis brazos, porque yo también quiero ser parte de esa magia que constituye formar parte de tu mundo.

Desnudémonos con la palabra, mi amor.
Despójame de pretextos por los que pueda surgir mi negativa, porque quiero que inundes mi prosa y toda mi literatura con lo más típico de tu escencia.

Desnudémonos con la palabra, mi amor.
Como lo hiciste hoy, tan sútil y dulcemente como te conocía, en medio de caricias y suaves rozes de mi piel. Erizando cada recóndito de mi cuello, justo como en aquella ocasión en la que tus labios paralizaron cada uno de mis sentidos al cometer la osadía de posarse sobre las más morbosas marcas de mi cuerpo.


Como lo hiciste una vez, te lo pido nuevamente
Desnudémonos con la palabra, mi amor.

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