domingo, 2 de diciembre de 2012

Ducha de mentiras



                               


Ducha de mentiras. Fría agua que a través de mis poros me penetraba hasta fundirse con mi sangre. Era mi alma desmoronándose acorde a mi alrededor, trozos de mi apenado sentir que ahora se licuaba, mezclándose con el frío líquido que resbalaba sobre mi cuerpo. En medio de la desesperación. Juro que a pesar de que mis resbalosas manos giraran más y más el grifo aumentando considerablemente la temperatura, esta nunca lograba saciar el helante frío que desprendía mi interior.
El vapor caliente era devastador y se sentía como un frígido látigo sobre mis miembros.
¿Qué sucedía? Las paredes me comprimían, los transpirados azulejos cada vez se aproximaban más a mí, las aberturas se amurallaban y querían deborarme. Lentamente y al compás de mis sollozos, fui descendiendo. Me ubiqué en cuclillas y enfrentando mis codos, aprisioné mi rostro entre mis manos.
 Era evidente que mi cuadro depresivo superaba los cánones normalmente establecidos, pues a pesar de mi terrible capacidad de razonamiento, mi lucidez persistía.
El teléfono celular en una mano. Una cuchilla afilada en la otra. Así, agachada como estaba y bajo la lluvia de mi baño, me debatía entre la vida y la muerte. Entre el dolor físico y la miseria mental. Entre el alivio y la risa fantasma de esos ojos que me seguían a todas partes. Entre la figura que me enseñaba el espejo y la ruina en que me había convertido. Entre hacerme sangrar, hacerme llorar, hacerme gritar y morir. Desgastarme por completo, usarme, ultrajarme, flagelarme, romperme. Quería acabarme de a poco, consumirme de una vez. Pero, ¿Qué hacer si me era imposible borrarme del mapa?
Sus mensajes seguían ingresando a mi buzón de entrada.
Me reflejé en el agua y ante mi asombro, no me reconocí. Los negros cabellos que enmarcaban mis rojizos labios e hinchados ojos me otorgaban la imagen de un animal indefenso y herido.
La mirada de un Sol que ya no brillaba. Las huesudas caderas cuyos numerosos cortes verticales desprendían sangre en derrochantes cantidades.
Cegada por la luz. Atormentada por el dolor, sólo hubo un aullido más esa noche.
El de mi piel abriéndose LENTAMENTE
El de mi piel abriéndose al dibujarme las iniciales M A M