lunes, 20 de agosto de 2012

Suici date

Reacios.
En la cálida noche de aquel trágico 25 de febrero de 1995, la parca se deslizaba lenta y cuidadosamente sobre el piso de alfombra de un confortable apartamento. Soplaba una fresca brisa de verano que parecía querer penetrar a través de los rendijos de la ventana superior de aquel pequeño baño. El viento rasguñaba y proliferaba aullidos de dolor impasiblemente sobre la abertura. Como siempre que estaban juntos, el clima se exaltaba, esta vez con motivo de salvarlos de su trágico derrotero.
Un arma y dos figuras.
Una cuchilla de doble filo que no quería fascinarlos.
Un consuelo poco recurrido, al que aquellos que creían conocerlos, tal vez luego se aferrarían.
La sala de estar parecía haber sido deborada por las garras de algún ser mitológico, un ave carroñero o una extraordinaria tormenta tropical. Flotaba en medio de una suite de Bach que, en un descuido o solemne acto fallido, habían olvidado quitar de la lista de reproducción automática.
Ya nadie caminaba sobre el suelo de parqué, ni atravesaba el corredor principal. Nadie presionaba el picaporte ni recorría el balcón en el que una vez habían sido tan felices. Nadie se recostó nunca más sobre aquella cama matrimonial en el que durante tantas noches, embellecidos sobre el licor de sus cuerpos, se dejaron llevar por el danzar de lujuriosos arrebatos de placer. Su vida pasaría a ser la historia de todos, un testimonio de difusión popular, otro horroroso relato verídico que sólo conseguiría erizar la piel de aquellos que se atrevieran a oírlo.

__Amor... __Pronunció entre jadeos y arduos intentos de articular sonidos coherente.__ El día que pensamos sobre esto... ¿Te acordás?
Le acarició el rostro, y acto seguido, hizo una pausa para tragar. El vapor que infestaba aquel baño hacía que cada vez se le hiciese mas dificultoso respirar.
__Éramos dos nenes, mi amor, vos tan linda, yo tan idiota. Vos tan tímida y sensual, yo tan torpe y poco oportuno. Siguen vivos los espectros de esos dos seres de aquel tiempo, ese tiempo en el que el tiempo mismo no existía y las tardes se nos escurrían de las manos. Tantos empujones, tantas risas, tantas peleas. Tantas ansias de vivir que portábamos ambos. Tanto brillo en los ojos, tanta fuerzas de la juventud, ¿Dónde estaba nuestro elixir? ¿Cuál era entonces la fuerte inagotable de donde obteníamos tal entusiasmo?
Ella, rodeada de una belleza tan fresca, como una delicada y promiscua flor. Ella, desde el otro extremo de la bañera en la que yacían, en el esplendor de su anatomía al desnudo. La prudente espuma le cubría lo necesario, y con la mirada hacia abajo y su rostro apuntando hacia un costado, se limitaba respirar profunda y pausadamente.
__Pero yo ya no quiero vivir más.__Sentenció el masculino.
Cuidadosamente, tomó el revolver en sus manos. Y sin mover un músculo, tal y como si se tratara de un simple acto vanal, apuntó a su esposa con él. La observó detenidamente por unos minutos, y decidió a tomar el impulso.
Pero algo sucedió.
Fracciones de segundos antes de que accionara el gatillo, la joven abrió sus ojos por primera vez en toda la conversación, que por cierto, se había parecido más a un monólogo personal de su marido. Fugazmente y salpicando agua por doquier, se puso de pie. Comenzó a chillar y a agitarse, y ante el desconcierto de aquel al que amaba tanto, lo mató de tres disparos. Acto seguido, tomó una toalla del tocador, y cerró de un portazo, abandonando aquel putrefacto cadáver en la inmensidad de la noche.
Fue esa indefensa flor la que revelándose hizo que probablemente, este relato no portara un final adecuado.
Pero toda rosa tiene sus espinas.