jueves, 28 de junio de 2012

Dejenme hundirme en mi mierda

Asfixie
Trago saliva. Cierro los ojos y miro hacia el frente.
¿Por qué les encanta apuntar con el dedo? ¿Y es que nadie más se da cuenta? Les parece precioso dejarse vivir en una permanente dictadura, dirigida por un par de cerebros más hábiles. No son más que el contagio de algún maldito estereotipo, plagas que sus supervisores al mover el dedo índice les han enviado. Sus cuerpos se han dejado levitar, sus mentes mueren de sed, sus pies se deslizan sigilosamente al compás de sus asquerosas mandíbulas, que articulan una especie de gritos guturales en un frenesí de querer conseguir la tan ansiada libertad humana.
Pero, ¿Cómo cuestionar a la divinidad?
Cierra la boca, tapa tus oídos, camina de frente y escucha con atención.

Esto es así porque yo te lo digo y es imposible de cuestionar. Tu elección está en creer cada palabra o te van a condenar,
Hambrientos cuervos celestiales se encargarán de tu final.


miércoles, 20 de junio de 2012

Sín titulo I

Mientras transcurren las fracciones temporarias, me cuestiono. Encontrarle un placer a lo morboso. Deslizarse por los siniestros y pronunciados caminos de la agresión. El sadomasoquismo, qué delirante placer.

Es hallarle satisfacción al lastimar propio. Es regocijarse en cada lamento, satisfacerse en el consumo lento y prolongado de la carne que no es ajena. Constituye el más precioso de los suplicios, una suerte de incomprendida contradicción a lo largo de los siglos, en la cual aquellas almas que la padecen enfocan todo su ímpetu en la flagelación propia.

Olviden la cordura, olviden el rencor. No hay tiempo para actuar convincentemente en la telaraña de delirios de los que no conseguimos hilvanar un pensamiento a otro.

Dios sabrá de los inminentes peligros de aquel hombre que no consigue controlar sus pensamientos, dejando que estos se escurran cual manada salvaje de inmensas praderas.

Intentar ocultar

O bien, el olvido...

sábado, 16 de junio de 2012

Sangre

Gemidos espectrales provenientes de algún rincón oscuro de esta podrida ciudad venían hacia mí.
La noche del 15 de junio era una arpía.
Tomé el picaporte entre mis manos, y ejerciendo la presión justa, lo accioné. Una despiada brisa nocturna me recibió con su abrazadora fuerza, torciendo mis tobillos y dificultando gravemente mi caminar. Apreté los puños y entrecerrando los ojos a causa del viento, tomé la notoria determinación de cruzar el helado pavimento. Los árboles se mecían, hojas secas flotaban, alguno que otro sonoro estruendo disipaba mis dudas sobre un tal vez inexistente accidente automovilístco. La fragilidad del ambiente me producía asco y me impulsaba a apresurar mis pasos. Pero por más que deseara adelantarlo todo, la secuencia se desarrollaba paulatinamente más despacio y el torturante suplicio de no parecer avanzar me apoderaba. El saber que un reconfortante abrazo me esperaba en la cuadra siguiente me daba fuerzas para continuar, pero aún así, no bastaba para saciar mis frenéticos impulsos de escapar. Y justo cuando creí que la secuencia era ya insostenible, mis ojos lo encontraron. Entonces me desconcerté. En esa fracción de segundo, juro haber sabido que algo no funcionaba bien. Intenté ocultarlo y convencerme de que aquello no eran más que impresiones mías.
Me agaché a su lado, lo sostuve. Acogí a sus fríos deseos de querer, respiré de la tóxica frustración de un amor no correspondido, uní esas magulladas y sangrantes extremidades a las mías, consciente de que los atemorizantes deterioros físicos eran sólo una mínima parte de los estragos que se desataban en su interior. Y mientras oía sus suaves gemidos en mi oído, deseaba tener tantas respuestas a sus interrogantes como a los míos. ¿Por qué?
¿Por qué los sentimientos bellos son tan efímeros? ¿Cuál es la causa de que duren tan poco? ¿Cómo un ser humano podía quebrarse de aquella forma?¿Por qué quien había sido por tanto tiempo mi sostén se desplomaba allí, en esa patética y mugrienta vereda, en la que estoy segura, tantos recuerdos de un amor debían de habitar?
No sentía pudor al mostrarse en su faceta más íntima, despojado de todo prejuicio, tan desnudo o más aún quizás que en aquellas tibias tardes de otoño que nos dábamos el lujo de compartir. El dolor lo resquebrajaba en mil pedazos, que en su desgracia, no conseguían siquiera desperdigarse lejos para convertirse en polvo.
Me aferré lo más fuerte que pude a su brazo. Ahora eran dos las figuras que, desconcertadas y perdidas en medio de la niebla, no dejaban de temblar. El mundo había pasado a convertirse en un lugar horrendo e inhóspito. La acera nos deboraba y en su frenesí por destruirnos, parecía intetar clavarnos sus garras.
Y en ese último cigarro que encenció, lo vi claramente.
La raída llovizna, el constante pabullar de las bocinas, las confusas luces que entorpecían nuestro derrotero y nos mareaban. Todos formaban parte de un estado que me creo capaz de resumir en una simple oración.
El sentir un alma escurrirse entre mis manos.

martes, 5 de junio de 2012

Lo patético de esperar.

Pobre de aquel que espera
Pobre de aquel que con la frente en alto, vive a la expectativa de algo, pendiente de una realidad que bien sabe dista de la suya. Que flotando a la deriva de su pesar, no consigue despojarse de la pesada densidad de sus actos pasados.