lunes, 24 de octubre de 2011

¿PARA QUÉ NOS VIVEN DICIENDO "ARRIBA LA VIDA", "VIVE FELIZ" O LA TÍPICA EXCLAMACIÓN "¡SONRÍE QUE DIOS TE AMA!", SI LUEGO NOS SUCEDEN COSAS COMO ESTAS? ¿CUÁL ES EL SENTIDO DE PINTARSE UN GESTO DE ALEGRÍA EN EL ROSTRO SABIENDO QUE LA MUERTE ASECHA? ¿CUÁL ES EL REMEDIO PARA ACABAR CON ELLA? RESULTA QUE SU TAN GENEROSO "DIOS" NO NOS ENVIÓ A ESTE MUNDO CON ALGUNA CLASE DE HERRAMIENTO O ESCUDO CONTRA ESTA PROBLEMÁTICA. SE LIMITÓ A CONFERIRNOS UN LIBRO LLENO DE ESTUPIDECES Y UNA IGLESIA LLENA DE LADRONES. ¡Y NO ME DIGAN QUE SEA FUERTE! ¿QUÉ ES LO BUENO QUE SE PODRÍA SACAR DE SITUACIONES EN LAS CUALES EL INTERIOR DEL ALMA SE DESMORONA? EL SUICIDIO TOCÓ LA PUERTA DE CASA. Y ÉL SE LA ABRIÓ CON TODA LA CORTESÍA DEL MUNDO, COMO UN VIEJO AMIGO AL CUAL ESPERABA DESDE HACE TIEMPO. RIERON, TOMARON UN PAR DE COPAS DE MÁS. COMPRATIERON ALGUNOS CHISTES DE BAR, PASARON UNA VELADA EXTRAORDINARIA. PERO LA MUERTE SABÍA LO QUE QUERÍA. Y NO SE DARÍA POR VENCIDA HASTA CONSEGUIRLO. CON SU CARACTERÍSTICA ASTUCIA, COMENZÓ A PERSUADIRLO. UNA SIMPLE ARMA BLANCA BASTÓ PARA ACABAR, DE UN SUSPIRO, CON LA VIDA. Y LA AGONÍA AÚN NO CESABA. UNA HERIDA SEGUÍA ABIERTA AÚN. GIMIENDO EN UN CHARCO DE SANGRE, LO DEJÓ. ¿Y A ESTO LE LLAMAN VIDA? ¿POR ESTO TENDRÍA QUE ANDAR POR AHÍ FESTEJANDO Y TIRANDO ROSAS A MI ALREDEDOR, FINGIENDO QUE NADA PASA? EL MUNDO SE PUDRE LENTAMENTE. O TAL VEZ SEA YO QUIEN ESTÉ PERDIENDO LENTAMENTE LA CORDURA.

viernes, 21 de octubre de 2011

Nunca conoceré a Sombra

Sombra era, de muchas formas, una chica distante a mi entorno. Ella siempre estuvo ahí, en la parte posterior de nuestra sala de curso y por una curiosa razón, algún decir del destino, jamás intenté ningún acrecamiento amistoso con ella. No compratíamos siquiera el más mínimo roze, como podría ser una galletita en el recreo, un abrazo, un chiste. Esas pequeñas formas de mostrar afecto, era algo que jamás nos dimos el lujo mutuo de tener.
Sombra solía sentarse lejos, con bastante desconfianza. Era una persona muy particular y excéntrica, igual de rara que yo. Por aquel entonces, mi persona se encontraba sumida en un grupo V.I.P, cerrado y superficial. No tuvimos la oportunidad de conocernos hasta fines del año pasado.
Sombra llora en silencio, y cuando nadie la ve. No suele dar abrazos, dice guardarlos para ocasiones especiales a fin de no generalizar el gesto. Ella es un tanto retraída, y tiene una voz suprema, especial, casi un don. No es que sea Luciano Pavarotti, pero su tono vocal penetra, sucumbe en el ser de cada uno, llega a lo profundo del alma. Y pega. Pega mucho. Una cosa que me gusta mucho, es cuando canta con su hermana. Parecería como si ambas se unieran en un coro celestial y sus cantos quedaran flotando en el éter de la habitación. Se reconectan. Vuelven a ser lo que eran en el útero materno. Fascinante.
A lo que quiero llegar con esto, es que la dura verdad está servida. Jamás llegamos a conocer del todo a las demás personas. El ser humano es una estructura tan compleja tanto en su conformación psíquica como mental, que lo más probable es que ni siquiera ellos mismo se conozcan profundamente. Todos tenemos un jardín secreto. Todos nos damos el lujo y la desorbitante exclusividad de guardarnos un pedacito de la historia sólo para nosotros. Todos alguna vez dimos vuelta la cara rozando la hipocresía, omitiendo detalles de nuestro pasado que no nos agradan. Nunca nos vamos a concoer del todo, y eso es precisamente lo que hace que las relaciones y la interacción hombre con hombre sea tan interesante. Siempre hay algo por saber, algo nuevo por descubrir, otro dato más por sacar a la luz. Siempre podemos rescatar algo novedoso de una conversación o encuentro.
Venimos ciegos a este mundo, sin saber a dónde vamos ni de dónde venimos. La cultura positivista que han tratado de fomentarnos durante los últimos siglos, nos signa un camino que indica que debemos ser felices, pero ¿Existe la felicidad en sí? ¿Qué es la felicidad cuando el tiempo y el espacio forman parte de la nada?
Aún sigo viéndome con Sombra. Y por momentos creo, que es mi única verdadera compañía, además de mí misma-
Dime, dime ¿Qué te hace sentir que eres tan fuerte?
Puedo ver en tus ojos que eres tan segura.
Porfavor, no me digas que soy la única vulnerable ¡Imposible!

martes, 11 de octubre de 2011

Bullying adolescente

Se podría decir que durante mi niñez fui una persona inocente y feliz. Sin ninguna complicación. Y justo cuando estaba más plena, en una burbuja de felicidad y placer, de un día para otro llegó una tormenta. Todo lo que decía, todo lo que hacía estaba mal. Quienes en ese entonces eran mis amigos, tomaron la figura de amenaza más fuerte que padecí en mi vida. Se burlaban de mí, de mis cosas, de mis gustos, de mi forma de pensar; de mi acento, de mi ropa, de mi peinado, de mi familia, de mí en general. Me hicieron un punto rojo intachable. Dejaron una marca permanente en mi frente la cual indicaba lo que era: la débil. La única persona a la que aunque al tires al suelo, volvería una vez más ofreciéndote su amistad.Durante aquellos años estaba encerrada. No podía decir lo que sentía, no podía expresarme ni ser yo. Era un blanco al cual todos apuntaban.
Comencé entonces a leer más. Comencé entonces a escribir.
Escribir constituyó desde ese entonces, una manera de escapar de mi realidad. De irme a un universo paralelo al mío. Era y sigue siendo, un ritual sagrado que comparto con mi mente, mi vocabulario y mis dedos. Me sentía con una pequeña ración de poder al fin. Me sentía dueña de mis palabras, de mis textos, de mis historias.
Pero esta manifestación divina pasó a ser pública, cuando una compañera hurtó unos manuscritos de mi mochila. Ellas, me creían Dios escribiendo. Me creían una versión moderna de Edgard Allan Poe. Ellas, que tuvieron los más destellantes planes tal vez para mi futuro, olvidaron un pequeño detalle: hasta las personas más virtuosas a veces se sienten solas.
Fue cuando estaba recuperando mi seguridad que vos me pateaste. Cuando comenzaba a sentir que tenía amigos, que era feliz. Fue en mi salir a flote, salir a pelear una vez más, cuando me venciste, me debilitaste, me intimidaste y me hiciste caer abajo, bien abajo. Es por esto que sigo afirmando que odio y odié mis 12 años. Esa edad, de alguna forma, hurtó algo imprescindible en mi persona: la seguridad en uno mismo. A veces, un rayo de sol se colaba por entre las nubes y me hacía sentir, por momentos, como si todo estuviera bien. Pero eso no me sirvió jamás para nada, pues mi estabilidad emocional pendía sólo de un hilo. Y terminó colapsando.
Recuerdo bien una de las más oscuras etapas de mi vida. Días en los cuales me la pasaba llorando. Habrán quienes me juzguen y me llamen una descarada; no me importa. Juro que me encuentro en condiciones de afirmar que viví la depresión piel a piel, cara a cara, frente a frente. Hubo una tarde en la cual incluso busqué por la web diversas maneras de suicidarme. Sé que suena sicótico, y tal vez esté cometiendo un gran error exponiéndome de esta forma, mostrando una faceta tan íntima de mi pasado. Sea como sea, en la internet habían individuos (tal vez más dementes que yo) que se dedicaban a subir posts con ideas y mecanismos para llevar a cabo un suicidio. Ninguna me complació del todo. Pero otra vez, mi fe de errata no me permitió vislumbrar una mítica verdad: estar muerto en verdad no soluciona nada.

El masoquismo, a través de trampas y acertijos, de repente se apoderó de mi. Me tendió lazos de amistad que luego se tornaron siniestros. Me obligó a transitar por profundos y oscuros túneles que lo componen. Y me reía por dentro de mi ser, de una manera estrepitosa cuando me decían "Parecés una emo!" En lugar de tenderme una mano. Una mano salvadora. Una ayuda. Un empujón capaz de librarme de todos aquellos sufrimientos los cuales padecía. Que me ayude a deshacerme porfin de todo el dolor, tal vez, provocado por mí misma.
No creo que los responsables de este acto tengan en cuenta jamás las prominentes dimensiones de la herida emocional que dejaron en mi forma de ver y palpar las cosas. No creo que tengan en cuenta nunca la gravedad de lo que hicieron. Tenderle atrimañas a un ser humano para sentirse superior. Eso sí que es malévolo, despiadado. No me vean así, tan negativa no soy. Creo en verdad que toda aquella experiencia me hizo más bondadosa, más piadosa con los demás. Todos aquellos años de tortura me sirvieron para tenderle mi mano al que esta mal, para no rechazar nunca a nadie, para ponerlos a los otros delante mío cuando debo hacerlo; para tener más compasión por quienes me rodean.
La gente lo sigue haciendo, sigue encontrando la diversión en desacreditar lo que digo esté en lo correcto o no. Las secuelas que me dejó son graves en todo sentido. Aunque debo de admitir que he superado la mayoría, aún tengo miedo. Miedo en todo círculo social en que me encuentre; miedo a decir cosas equivocadas, miedo a que se burlen de mí. Miedo a que me tomen de punto: miedo a padecer bullying otra vez.

Asaltando al tiempo

Mi vida está signada por una paz inequiparable y exótica. Apuntando criaturas con armas de agua, escribiendo textos con máquinas de borrar, mirandote a los ojos siendo ciego; la lógica que transgredo es intrépida y cambiante.
Estoy realizando un intrépido recorrido, descubriéndome, sumido en mi melancolía.
Hagamos una parada en aquella plaza. La de enfrente. Corro lentamente hacia el sube y baja. Uso coloridas y bonitas sedas de pasamanos siendo manco. Me deslizo en las amacas de la vida y dejo que la suave brisa me peine o no me mueva un pelo; no me inquieta lo que pueda pasar pero puede que me ponga nervioso. Las margaritas de aquel cantero me provocan alergia a la sicosis y a el lunatismo.
El polen penetra en mi cavidad nasal, pero carece de gusto para mí.
El chirrido de los columpios entra por mis oídos, pero no huele a nada.
Palpando el césped, no emite sonido alguno..
Me acercás una escalera de roble para que baje hasta la luna. Y me da miedo. Un poco desconfiado, me aferro a ella. Y sigo. Y me copé."¡No es cuestión de ascender tanto!" Me dijiste riendo, y no entendí nada. Me tomás de la mano sin tocarme, existimos siendo nada, bailamos sin música. Con los pies bien aferrados a la tierra, estamos saltando.
Y de repente... ¡Bum! ¡Bang! Chocamos en la curva. Salimos despedidos del auto del destino, en la carretera de la vida: coordenadas erróneas. El mapa estaba derecho, debimos ponerlo de revés. Y volamos. Seguimos volando. Los vidrios del parabrisas curaron nuestras heridas, y sangre azul brota lentamente de ellas. Coagulando. Perdiendo. Volando.