sábado, 28 de julio de 2012

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele.

Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

Eduardo Galeano

miércoles, 25 de julio de 2012

Polvo en el viento

Bien, hacía mucho que no redactaba textos de este tipo, tan explicativos, contemplativos, con semejante reconstrucción de los datos. Debo de admitir que durante los últimos meses me he dedicado más a plasmar emociones genuinas en mis escritos, despojándolos de rebuscacioneslingüísticas o facilitaciones para el lector. Convertí así en este espacio en uno muy personal, el cual no satisfacía en nada los propósitos iniciales del mismo; conectar con mis lectores, con almas o entes semejantes, ojos escondidos detrás de cada monitor leyendo y releyendo atentamente cada una línea, todas aquellas palabras que mi cabeza labra y quiere transmitir.
Comenzaré relando la obviedad de mi estado de salud. El diagnóstico llegó a mí de manera súbita y tardía, y relataré más tarde la manera y el contexto en el que este se me presentó. Porque yo no me hice así. No hay una Sol "sana" o primera, ni otra que de repente manifieste todas estas patologías. Nací con un complejo de autodestrucción tan fuertemente incorporado que me resulta casi imposible pensar vivir sin él. Es fácil desprenderse de un trastorno cuando se nos incorpora en un momento preciso de nuestras vidas. Regla de tres; locura sencilla de detectar, locura sencilla de expulsar. Pero; ¿Qué ocurre cuando la enfermedad ya es una parte de tu alma?
Una parte obscura, desterrada, que duerme prendida a las entrañas de tu ser.
Una parte calamitosa, que busca desesperadamente borrarte del mapa y dejarte cinco metros bajo tierra.
Me siento mareada y el hambre se me fue. No tengo sueño pero estoy muy cansada. La anorexia es así: te lleva, te trae, te atrapa, te deja ir. Te ilusiona, te ampara, te ilumina, te destruye.
Dije anteriormente que estaba preparada para jugar, pero no quiero que empiece la partida.
Los hechos te hacen fuerte. El dolor te enseña a sobrevivir. La debilidad te muestra cómo vivir con ella. El miedo te aferra a aquellos que te aman. Y la mente... la mente humana es verdaderamente una arpía ¡Vaya que lo es, lo fue, y lo será, al menos en mi caso!
El centro residencial de los conflictos, la fuente de mis constantes desvaríos.
Esta es mi historia, una historia sin género ni número.
Esta es la historia de cómo resurgí de mis cenizas, un humilde testimonio que espero sea de utilidad a alguna otra alma descompensada en lo profundo del espacio.


Bienvenida al infierno, Sol
Cuando volvemos al pasado, cuando sobrevolamos las angustias, es importante seguir conectados a la realidad. Y no estoy sólo rememorando mis penas; estoy penetrándolas con fuerza (o ellas a mí, en todo caso.), inspeccionando meticulosamente cada una, revisando los ecos archivados en mi mente, escuchándolos por enésima vez.
Muchas veces tengo miedo de hundirme en una dimensión desconocida, aquella entre lo absurdo y lo real, entre mis novelas y mi vida. El proceso de escritura nos aísla, debemos concentrarnos y "vivir" en un mundo diferente del resto. Entramos en contacto con imágenes del pasado, personajes grotescos, algo raros pero conocidos. Convivimos tan de cerca con nuestras vivencias que llegamos al punto límite de olvidarnos de qué día es hoy o sobre qué estábamos escribiendo.
En la literatura hay una gran tradición de viajes, no me refiero a los espaciales ni a los de piratas, sino a esos viajes que los protagonistas realizan para volver al mismo lugar pero transformados. Si algún día se escribiera la novela de mi vida, suponiendo que tuviera interés para alguien, habría que dedicarle gran espacio a este viaje que ni siquiera recuerdo en qué fecha realicé.

La noche anterior, había acomodado meticulosamente cada una de mis materias para el día que vendría. Cada folio clasificado por color, cada quehacer planificado, una carpeta inmaculadamente limpia. Un imperioso orden en mi escritorio, una obsesiva manía por la perfección. Fruncía impasiblemente los labios, como un robot poseído por el hedor de mis convicciones. Ocultaba el dolor de mis caderas, que repletas de raspones, sangre y cicatrices, aullaban echándome en la cara la miseria de mi verdad.
Mis pensamientos lograron hacerme libre, bajo el módico precio de carcomerme viva. Mis palabras me sentencian poco a poco, firman mi partida de defunción prematura.
Me había convertido en un monstruo y me encantaba.
Una figura interrumpió mi pensar. Mi madre. Dejé sobre la mesa mis tareas, para observar como atravesaba la habitación sigilosamente, casi con miedo. Me sorprendió que no le temblase el labio al decir;
__Mañana vamos a Aluba. Te guste o no. __La sentencia estaba dictada.
Y dicho esto dio un portazo, abandonándome en lo depredador de mis pensamientos. Mis padres estaban terriblemente preocupados por mis poco adecuados métodos alimenticios. Su hija había mutado en una muñeca de porcelana fría y tiesa, más frágil que el agua misma y con una tez de un blanco sobrenatural. Un torbellino excesivo de ideas se disparó en mi cabeza durante esos segundos, tantas que casi me hacen enloquecer. Todo daba vueltas a mi alrededor, el mundo mismo daba un giro de 180 grados para escupir en mi cara lo patético de mi condición. Hundí mi rostro sobre mis esqueléticas manos, y lloré como nunca en mi vida. Gemía desesperadamente. En un acto fugaz, frenéticamente, desesperada por conseguir o experimentar alguna sensación lo más parecida al alivio posible, abrí el cajón de la cómoda. Un cuaderno, dos tijeras, hilos y una que otra boludes. Me abalanzé sobre el suelo, y escribí con lo primero que hallé, lo que pude.
"Escapar. Morir. Don't make me cry. Don't make me sad. Sometimes love is not enough Hambre. Hambre, ¡NO! No tengo hambre, no existe, no quiero, no puedo, no debo, no, no no..." , Ideas suicidas, fragmentos de canciones de Lana del Rey, gotas de sudor, sangre y lágrimas. Lágrimas. Lágrimas de sosiego, de horror, de ambición, de pudor. Lágrimas de represión, acribillamiento, humillación.
Y sin siquiera planearlo o medirlo previamente, tomé la tijera y ágilmente la accioné. Mis largos y negros cabellos, que hasta el momento alcanzaban mi cintura, caían deliberadamente al suelo. Frenéticamente y sin pausa, la alfombra bordó se plagaba de largos y lacios mechones marrones. Pretendía deshacerme de todo, desechar lo que restaba de mi esencia, de mi lesa humanidad.

A la mañana siguiente, desperté en medio de desperdicios e incomodidades. Unos fulminantes rayos de sol invernal que se colaban por el rendijo de la ventana pretendían quemarme viva. Realizando un esfuerzo por despegar mis ojos, caí en la cuenta de que me hallaba tendida en el piso. Estiré mis extremidades, pero no era capaz de tomar el impulso ni las fuerzas necesarias para levantarme. Mi cuerpo sólo metabolizaba el aire necesario para vivir.
Durante el desayuno, mis padres no se alarmaron ante mi evidente cambio de apariencia. Casi parecían haber previsto mi violenta reacción. No mencionamos una palabra . En ningún punto de la jornada matinal se desarrolló algún diálogo lo bastante sólido como para considerarlo una conversación. Nos convertimos entonces en una familia fantasma, integrada sólo por tres prototipos de funcionalidad humana.
Cruzábamos el túnel subfluvial, y recordé entonces aquellos viajes a Brasil que realizamos durante tres años consecutivos. Viajes en los que el disfrute no faltó, en los que todavía tenía el valor suficiente para beber una gaseosa con azúcar o ingerir más de trescientas calorías diarias. Y entonces, ¿Era feliz? ¿Por qué, mierda, por qué no podía sentir placer de nuevo? Siquiera el calor de un abrazo o la delicadeza de una caricia me transportaría nuevamene a mi anterior realidad. ¿Era ahora una esclava? No me sentía sometida. Sólo eso, un robot con cerebro comprado por imprecisas tablas de calorías.
Paraná, que hermosa ciudad. Desde la ventanilla de mi vehículo, el panorama exterior constituía un verdadero espectáculo. Un hervidero humano de gente que me hacía sentir una verdadera turista . Entre la creciente multitud se infiltraban despreocupados estudiantes, niños gritones, inspectores de tránsito, ocupados trabajadores, apuradas amas de casa, sujetos misteriosos,personajes ocultos de la imponente urbe. Me pensaba como una suerte de visitante, un ente temporario que no pertenecía ni coincidía en nada con aquel sistema social.
Mi destino, era verdaderamente incierto. Imaginaba a Aluba como lo más parecido a un hospicio posible. Luego reflexioné, y tuve en cuenta la variante de que, si en verdad se tratase de un manicomio, intentarían vanamente ocultar esta verdad a fin de no perturbar o asustar a los pacientes en tratamiento.
Finalmente, el auto se detuvo. Las veredas con pendientes tan típicas de la ciudad, hacían de mi trabajo de caminar un verdadero suplicio. El helado viento polar rozaba mis frías mejillas y me hacía tiritar. Un calor invadió mi cuerpo al llegar, cuando un precario edificio azul se desplegaba ante mi atónita mirada. La construcción debía de haberse alzado durante los años '70, y por lo visto, no se había modificado demasiado desde entonces.
Con un nudo en la garganta, decidí interrumpir lo estático del ambiente y oprimí el botón del portero eléctrico. Tras esperar algunos segundos, una muchacha joven y de tez oscura nos recibió con una amplia sonrisa.
__Tomá asiento, María Sol.
María Sol, dijo. Odio que me llamen así.
Obedecí. Me desplomé sobre un poco confortable sillón de oficina de la pequeña sala de espera. La secretaria contestaba algunos llamados confirmando turnos para aquella misma jornada. Pensé entonces cuántas personas anuales se verían forzadas a asistir allí, y se me hizo imposible obtener una cifra acertada. Observé aleatoriamente a mi madre. Estrujaba un pañuelo de tela mientras observaba el reloj. Mi padre, en cambio, me sorprendió fijando sus ojos sobre mí. Rápidamente, bajó la vista. Se sintió descubierto, lo intuí. Las miradas inesperadas suelen dejarnos desnudos, a la deriva de ojos ajenos que hasta nos acosan. En ese preciso momento, la mujer que me había recibido se me acercó.
__María Sol__Dijo, en un tono de voz un poco más serio. Alegué su cambio rotundo de timbre al hecho de que debía de ser, en efecto, un tema más confidencial__ Necesito que completes estas fichas en privado.
¿Lo notaron? "Necesito". Ella tenía la necesidad de que yo volcara mi información personal sobre la pila de formularios que me entregaba. Pero, ¿No se trataba de una organización que actuaba de manera conjunta? ¿Por qué aislaba los hechos? ¿Qué necesidad asaltaba a aquella empleada como para que descontextualice la verosimilitud de las circunstancias tan rotundamente? Emanó en mí una fuerte desconfianza que no tardé en exteriorizar.
A continuación, me condujo a una habitación contigua en la cual divisé tres escritorios. Cerrando la puerta, me abandonó en total soledad y silencio. Escogí el primero y me sumergí en las copias, las cuales no requerían desmedidos esfuerzos mentales para ser resueltas. Eran solamente un puñado de test baratos, más de 50 casilleros, cada uno con una pregunta correspondiente. Mi única tarea era leer detenidamente y marcar con una cruz, a modo de afirmación.
Una vez lista mi ficha de identidad, la entregué y volví a tomar asiento.
Esta vez, fue un hombre de más o menos cuarenta años de edad el que pronunció mi nombre. Su voz era caspia, fuerte y detonante. Llevaba anteojos y pelo más o menos largo. Una barba incipiente coronaba su imagen, la cual al parecer, dejaba crecer a propósito.
__Soy Sebastián. El terapeuta.
Luego de una serie de saludos y presentaciones de cortesía preliminares, ingresamos a su despacho.
Extendió entonces sobre la mesa un formulario de inscripción con dos casillas en blanco, aguardando a ser firmadas.
__Va a quedar en la historia clínica. La decisión está en ustedes.


Una sana cura
Esa misma tarde, me la pasé pintando. Desplegué tres amplios lienzos sobre las maderas de pinotea de mi cuarto, y dejé que mis pensamientos guiaran lo fuerte de mis trazos. Líneas rectas sin final, caminos entrecruzados, manchas de acrílico desperdigadas por doquier.Mi doctora llamó por la tarde. Manifestaba una creciente preocupación por mi salud y expresos deseos de verme ese mismo día.
Desganada, mi madre aceptó llevarme.
__¿Tenes planes para esta tarde?__Me preguntaba más tarde en la sala de espera.
Luego de meditar unos segundos, contesté desinteresadamente:
__Gimnasio.
Quería torturarme. Quería explotarme. El reloj movía sus manecillas y parecía convertirse en algo insufrible. Calcé ambos auriculares en mis oídos y decidí torturarme con el volumen bien en alto. Pasados unos minutos, desaparecí. Me fui del planeta tierra. Me perdí en un mundo aleatorio en el que sólo existíamos la melodiosa voz de Sting y yo. La mano de un médico me hiso volver a la realidad.
__¿Estás atendida? __Preguntó con notoria preocupación.
__No.
El efusivo e instantáneo acto de rascarse la nuca, delató un notorio nerviosismo. Enfocó sobre mí una mirada colmada de ternura. Me recordó a un abuelito preocupado. Se dirigió hacia mi madre.
__Esta chica no está bien. La vamos a hacer pasar.
¿Pasar? ¿Pasar a dónde?
Caminé. Caminé ante los rostros cargados de odio que se posaban ante mí.
La doctora me recibió, como siempre, tratándome de princesa. Sus rubios y enrulados cabellos brillaban aún más con la tenue luz fluorescente del despacho. Con una notoria preocupación, oía las explicaciones de mi madre. Su boca se entreabrió, casi en un acto reflejo, al fijar su atención en mis enormes ojeras. Me tomó de la mano y me indicó recostarme sobre la incómoda camilla. El frío metal quirúrgico del estetoscopio rozaba ahora mi espalda, provocándome una incontenible avalancha de escalofríos. A continuación, ubicó sus manos sobre mi estómago, ejerciendo una fuerte presión que me generó cosquillas. No pude ocultar una breve carcajada. La doctora entendió, y me sonrió. Me invitó a subirme a la balanza, y anotó todo.
__Yo no puedo seguir así. Estás seis kilos fuera de tu peso normal.
Me desplomé sobre el escritorio y sin planearlo, sin pensarlo, sin importar enseñar tan a flote mi evidente sensibilidad, comencé a llorar incontrolablemente.

Aquel fin de semana que pasé como interna en el sanatorio, fue un período de descanso temporal. La mayoría del tiempo temblaba y me quejaba de las rasposas sábanas.
Las noches en el sanatorio eran largas y frías. Despiadadas voces asaltaban una vez más mis sueños convirtiéndoles en amenazantes pesadillas. Inquieta, me volteaba sin cesar en lo que más se asemejaba a mi futuro lecho de muerte. ¿Me encontraba aún con vida? ¿Mi pulso continuaba su normal circulación, obviando la punzante aguja de suero que habían insertado en la vena de mi brazo?
There is no pain you are receding.
a distant ship, smoke on the horizon.
you are only coming through in waves.
your lips move,
but i can't hear what you're saying.
Caras conocidas atravesavan el umbral de la puerta 130, con una confusa mezcla de asombro y miedo. Todos traían alguna novedad, algo nuevo que contar, algo nuevo para hacer. Rostros que solía ver afuera, pertenecientes a la antigua cotedianeidad, cuando todavía era libre y creía tener control sobre mi vida. Ojos que derrochaban ternura, algunos reproche, otros lástima. Recibía entonces sólo la clase de mirada que se le dirige a una enferma, a una condenada, a una loca.
Y justo cuando creía que me encerrarían en un hospicio de forma permanente, un par de ojos oscuros irrumpieron en la escena.
El sonar de sus pasos se marcaba lenta y cuidadosamente, al compás de los latidos de mi arrítmico pero activo corazón. Llevaba el mismo pesar en su espalda y en sus labios. Se rasacaba indiferentemente la nuca, con la cabeza gacha y mirando fijo hacia algún punto indefinido del espacio. Siempre con esa frescura y levedad sobrenaturales, con ese toque tragicómico que tan bien conocía, más lijero que el aire mismo y tan enfermizo como la muerte.
La gente murmuraba, los visitantes pretendían animarme o alentar la mejora de mi decaída salud.
Pero yo ya había hallado mi perfecto consuelo.
Entre sonrisas, le ofrecí una hoja y un lápiz de color.
"Virus", rezaba.
Entonces no tuve necesidad de preguntar nada.


Escondí aquella hoja meticulosamente en un cajón, asegurándome de que nadie tuviese contacto con ella. Todavía la preservo, y cada tanto, la contemplo nuevamente. Es la prueba más cercana de que los sentimientos genuinos tienen la particularidad de resurgir en el punto límite entre la vida y la muerte.
Mi tía me acompañó durante el almuerzo de la jornada siguiente. Yo estaba emocionada, hacía tanto que no nos veíamos y no charlábamos de nada. Ella ha sido mi sostén emocional en tantas oportunidades, y la verdad me hallaba en una terrible deuda. Fue una gran noticia el saber de sus planes y que mas allá de sus visitas breves, dispondríamos de un tiempo a solas para dialogar.
__Te traje algo__Me dijo al llegar.__Para que no pierdas la cabeza.
Y en un gesto cómplice, sacó un cubo mágico de adentro de su bolso. Me pregunté como habría de conocer tan a fondo mi temperamento, ahondando más allá incluso de lo que yo era capaz de dilucidar sobre mi mente.


Comienza lo difícil
La noche del 26 de mayo, luego de cenar, las enfermeras me informaron que la doctora se había comunicado y había ordenado que al día siguiente me dieran el alta.
Salí del sanatorio extaisada, cantando a voz viva "Soy libre" y realizando lo que parecía una versión libre de Singing in The Rain. Los peatones me observaban, divertidos y burlones. No me importaba. Entre inútiles advertencias y pedidos de mi mamá, corrí hacia el auto, despeinada, empapada, con los músculos congelados. Era libre. No existía fuerza en el universo capaz de detener mis rápidos pies, que se deslizaban cada vez más apresuradamente a través de las cuatro cuadras de distancia entre el sanatorio y mi auto. Al llegar a él accioné la manija. Luego de varios esfuerzos, me agité notablemente. Un escalofrío de horror me recorrió al comprobar que no poseía las fuerzas necesarias para abrir la puerta de mi propio vehículo.

__¿Fumás?
__No.
__¿Drogas o alcohol?
__No.
__¿Te masturbás?
__No, hasta donde yo sé.
__¿Tenés perforaciones?
__No.
__¿Tatuajes o flagelos al cuerpo?
__No
__¿Sentís voces?
__Sí.
__¿Qué clase de voces?
__....
__¿Como fantasmas?
__No sé...
__¿Qué te dicen?
__No sé... me llaman, gritan mi nombre.
Me llaman, me congregan, me invitan a participar de ellas.
Era ahora un terapeuta entrenado de Aluba el que se presentaba ante mis ojos, inúndandome de interrogantes que jamás me había planteado.
Aluba es, fue, y seguirá siendo para mí lo más parecido a una institución militar. Los primeros días consistían en colgarnos de las rejas y gritar. Todos los que estábamos ahí nos regocijábamos de nuestra situación. Éramos un puñado de inmaduros, hijos problemáticos, hermanos peleadores, ovejas negras de la familia. Yo y una bola de inadaptados sociales, a los cuales nuestro propio sistema nos excluía temporalmente para recuperar nuestras consumidas mentes.Luego comenzamos con las sesiones de terapia, en las cuales nos emparejaban al azar para exteriorizar nuestros miedos. Entonces yo tenía que contarle mis problemas a la loca de la bicicleta.
"Me compré una bicicleta fija, para acelerar mi metabolismo basal. Sí sí, entonces, gasto más. Ana es mi mejor amiga. No la dejaría por nada en el mundo. La bulimia es hermosa, esto es una mierda..."
Sí, claro. Sigan soñando.

Sólo el tercer día todo eso comenzó a tener un especial interés de mi parte. Fue el día en que conocí a el demonio más hermoso de todos los tiempos.
Sabrina era una joven con finos rasgos de mujer. Su cuerpo era asimétrico, y como no podía ser de otra forma, delgado. Llevaba siempre un gorro de lana negro en composé con sus destrozadas uñas, y escondía sus muñecas con cientos de vendas o guantes. Su nariz era pequeña, sus labios finos y perfectos, su cabello largo y oscuro. Era un personaje que había escapado de la televisión, una utopía imposible de ser cierta. Sabrina era rebelde, irreverente, exquisitamente testaruda. Cuestionaba a todos y a todas. Llevaba dos años encerrada allí, y ya nadie sabía que hacer con ella.
Aquella mañana no me encontraba capaz de probar bocado. Mi resistencia provocó revuelo. Sebastián se sentó a mi lado, y no disminuyó la persistencia en insistirme en que comiera. No podía. Simplemente eso. Pasadas unas horas, consumí su paciencia; tomó el tenedor e insertó amargamente la barra de cereal en mi boca. Traté por todos los medios de escupir, vomitar, arañar. No podía. Me sujetaron como una sicótica, y acabé por tragar.
Luego de desechar mi dignidad por completo, me abandonaron en total soledad. Tendí mi rostro sobre la mesa.
__Soy Sabrina. Ella es Luli. ¿Sos la nueva? ¿No?
Me limité a asentir con la cabeza.
__No te preocupes por Sebastián. Es un facho, un cualquiera. Yo entré acá por anorexia, y ella por bulimia.
__¿Hay muchos bulímicos?
__Que yo sepa, no. Sólo ella y Walter, el que ves más allá.__Y señaló a un muchacho que reía en el extremo opuesto de la habitación.__ El tratamiento es el mismo para todos, igual de desastroso. Recibimos exactamente la misma terapia que un drogadicto: te sacan la plata, entrenan a tus amigos, a tus viejos. Te fuerzan. Te fuerzan a comer, a manifestarte, a sonreír.

Entre luces y sombras (Espejito, espejito...)
La amistad con Sabrina crecía y crecía. Me dediqué tardes enteras en deleitarla con poemas que sólo escribía para ella. Siempre poseía esa objetividad y ese descaro para expresar su pensamiento, esa lucidez tan demoníaca que la caracterizaba.
Nos divertíamos como dos nenas, Sabrina fue lo más inocente y precioso que conocí en mi vida.
Cierto día en el cual contábamos con la compañía de Camila (una nena de nueve años, créase o no, que ocasionalmente se unía a nuestro suplicio coidiano) algo espeluznante asaltó nuestras cabezas. Mientras la niña nos llenaba de besos y dibujos, Walter peleaba con Johana, una ex-bailarina de ballet clásico, frustrada en su profesión y en todo lo que hacía. En un ataque de histeria, Walter abrió la puerta y los cinco, aprovechamos la ocasión para huir. Llegamos hasta la plaza, y gritamos a más no poder. Nos encontramos resposando sobre la levedad de los verdes jardines de Paraná. Entonces la vi. La contemplé empujando su sedoso cabello hacia atrás y con los ojos entrecerrados. Repleta de sol, de naturaleza, de vitalidad.
Los terapeutas jamás supieron de nuestra travesura.

__¿A vos te sirve esto? __Me preguntó mi mamá una de esas tardes, mientras lavávamos la vajilla.
__No me siento contenida __Admití.
Luego de reflexionar unos segundos, la determinación estaba tomada
__Lo importante es que progreses, y creo que ahí no lo vas a hacer. Prefiero que veas a una sicóloga y a una nutricionista particularmente, por más que la obra social no lo cubra. Eso no te está ayudando en nada Sol, está lleno de chicos con más problemas que vos que no te van a conducir a nada bueno.

Por la noche, la luz de la luna me azotaba y me hacía pensar en mi mente gemela.
Espejito, espejito. ¿A quién ves hoy?
"Dejá de pensar como una protagonista de una historia de amor o drama y empezá a pensar como alguien que se da cuenta de lo simple y fácil de entender qué es el mundo real."
Si yo era culpable de un virus infeccioso, ¿Por qué él me había abandonado? Desde el primero de marzo fatídico en mi vida, no hubo ni un solo día en el que no recoradara a esos oscuros ojos que me seguían y me hacían tiritar. Qué burda es la condena de amar. Qué idiota nos vuelve el aferrarnos a un ideal a sabiendas de nuestra imposibilidad de obteerlo. Siendo consciente de que escupirías sobre mi rostro si contaras con mi presencia física, aún así no dejaba de amarte. Juntaría esos restos de saliva con ambas manos y la conservaría cuidadosamente. No quería comida, me faltaba alimentarme de tus caricias. No me tenía sed, me faltaba beber del elixir de tus labios. Precisaba oír tu voz, dejar que tus cuerdas vocales acaricien mi nerviosismo. Querer colmarme de vos, me condució al desequilibrio extremo. Gente tóxica, ¿Existe? Éste era un ejemplar muy notorio.

La mañana del día 29, como todas, comenzó con la revisación médica. Nos pesaban, nos medían, nos revisaban la garganta para comprobar que no hallamos adquirido nuevos "hábitos".
Mi compañera más fiel, la chica del lunar en el rostro, mantenía el semblante bajo. En ocasiones anteriores, aprovechávamos el control clínico para bromear o molestar al personal de salud. Lanzábamos comentarios acerca de lo patéticos que se veían con aquellas batas blancas, o qué tan loco sería que el guasón irrumpiera en la sala, reemplazando secretamente a alguna enfermera.
__Hey, ¿Qué te pasa?__Le pregunté una vez que nos liberaron.
Una lágrima rodó por su rostro. Me tomó la mano con una fuerza impresionante, siendo incapaz de lastimarme con sus magulladas extremidades.
Nos sentamos juntas en el comedor, como de costumbre, pero no dirgió una palabra a nadie.
En Aluba realizaban ocasionalmente una especie de manifestación colectiva, denominada asamblea. En aquella terrorífica exposición de problemas, los terapeutas aparecían en la sala. Se sentaban alrededor de una mesa, y nos examinaban.
__Sabrina, ¿Querés contarme como fue tu semana?__Preguntaba Betty, una vez finalizado el almuerzo.
La chica no pudo contener el llanto. Y en medio de la sorprendia multitud, la impaciencia de los psicólogos y mi desconcierto, vomitó su verdad.
__No puedo dejar de inyectarme.

Todo cerraba a la perfección. Sus cortos períodos de no lucidez, la desesperación de su madre y sus hermanos, su creciente insistencia en que probara la cocaína, su campaña pro-drogas, sus muñecas, las cuales supuse llevaban cortes de simple aburrimiento. Y yo, Dios, había sido tan ciega. Sabrina era narco.

Crecimos

Luego de la infernal confesión de mi amiga, la policía no tardó en intervenir. Y por la policía me refiero a las autoridades de la institución, quienes determinaron que su estadía en el lugar se incrementaría notablemente. Transcurrieron días en los cuales todos nos dedicábamos a contenerla. Miriam, una mujer cuya edad rondaba los 50 años y padecía de sobrepeso,contemplaba absorta la escena.
__Sos joven. Sos preciosa. No puedo soportar que te desperdicies así. __Le decía.

Cuando llegó el momento de mi despeduda, saludé a todos de una manera particular. Todos eran especiales, diamantes en bruto esperando a ser pulidos y relucir. Relucir como el viento, relucir como las blancas nubes que cubrían el cielo la mañana en la que abandoné Aluba.
Walter prometió regalarme un CD de Fito, o enviármelo por encomienda. Analía no me quería soltar. Johana quería meterse en mi baúl. En cuanto a Luli, lo último que la escuché pronunciar fue que temía padecer cáncer de esófago. Su vómito la complacía y tenía las fuerzas suficientes como para dominarlo.
Como última cosa y minutos antes de subir al auto, me acerqué a la hermosa criatura de semblante bajo, que ahora, parecía haber vuelto a su estado natural. Sabrina me sonrió.
__Esta tarde voy al siquiatra. Me van a meter pastillas hasta por el orto.
Me apretó fuerte la mano.
Y tras asegurarle que en algún futuro hallaría la manera liberarla, partí.
Jamás cumplí mi promesa.