martes, 24 de septiembre de 2013

Él se va
Y yo me tiro a sufrir, despacito.
Me enjugo las lágrimas con mis sábanas invernales, despacito
Me desplomo sobre la inmensa e inmaculada cama
Muy despacio. Los fantasmitas de la pieza me carcomen, y hacen una imitación burlesca de mi derrota con muecas exageradas y rictus de espanto. Y me dicen que les encanto, y tiene razón. Una multitud de depredadores recuerdos del pasado me atozigan, cuando un puñado de almas femeninas se amontona en un extremo de la oscuridad.
Una de las mujeres, la más joven de ellas, portadora de largos y suaves motas de cabello negras, me toma por los hombros y me conduce hasta el antiguo espejo enmarcado en plata. El reflejo de su maternal mirada me mantiene pensativa por un momento, como si el mundo en el que quisiera habitar residiese en aquellas pupilas inertes, como si el cuerpo de la muerta me develara algo, como si todo eso que no me sale y quiero expresar despareciera y me pudiese transportar en medio de aquella poco usual disposición de los hechos.
La dama desaparece y Sol se queda abandonada allí, con los hombros caídos y la boca muda, dibujando una silueta absurda y casi cómica. Y yo quiero que alguien me cuide, que vuelva la fantsma y yo le pueda decir mamá.
Deseperación, hermanos.
A falta de un buen motivo para subsistir
Desesperación, mis hermanos.
Eso es lo que no nos permite vivir ni morir