miércoles, 30 de noviembre de 2011

Pequeños placeres


Una suave brisa de verano me hechiza y condecora mis sentidos. El perfume que desprende el colorido árbol de mi vereda penetra a través de la ventana hasta mi habitación. Esta singular planta, parece haber alcanzado su máximo esplendor durante este período del año, en el cual se da el placer de enseñarnos sus preciosas y extrvagantes flores. Parece disfrutar despertando envidia en el resto de las criaturas silvestres, demostrándoles lo agraciada que es capaz de ser. Admito que mi dormitorio no suele conformare mucho debido a su tan notoria seriedad que poco tiene que ver con mi estilo. Sin embargo, esa neutralidad se equilibria con la hermosa luna que me permite ver aquellas noches en las que cielo se encuentra libre de nubes.
La luna, qué hermoso cuerpo flotante. Tan hermoso que me desagrada llamarla un satélite, pues la palabra no la amerita lo suficiente. Es indescriptible la magia que gira en torno a su blanca superficie, sus profundos cráteres, la enigmática y misteriosa luz que irradia. La he estado observando a lo largo de toda mi vida y por más imbécil que pueda sonarles aún no me canso. Este cuerpo flotante me transmite tanto calor, armonía, paz... observar la luna es lo único que me tranquiliza en aquellos días donde todo parece caer a pedazos.
El requiem, la mayor obra musical de la humanidad. Arte supremo consagrado por un dotado ser humano como lo fue Mozart, del cual, muchos desconocen. Grandes compositores de su gama están siendo para mis lamentos, ignorados, reemplazados por melodías compradas y elaboradas por falsas productroas que sólo pretenden que los adolescentes consuman.
Escuchar Mozart, oler flores, observar la luna... sonrisas instantáneas, pequeños consuelos para los que continuamos con nuestro fracaso de vida.

martes, 29 de noviembre de 2011

Impulsos


Caminando, nos cruzamos. Te veo distante y nace en mí el deseo de confesarte todo. Tus pies transitan al compás de los míos y puedo oír cada vez más claramente tus pisadas.
¿Cuál de tus atributos será el que me lleva a sentirme tan atraída? Tu forma de ser no hace más que desenvocarme en súbitos impulsos de gritarte. Somos semejantes en cuanto a lo padecido, no más que dos almas torturadas e incomprendidas que se unen a fin de contenerse la una a la otra. Así que ven acá, enséñame tu vivir. Muéstrame tus penas y compratiré contigo las mías. Acércate un poco, quiero tenerte a mi lado, respirar el aire que exhalas, llenarme de tu escencia.... volar en el paraíso de ver tus oscuros y tan profundos ojos, caminar en las suaves praderas del rozar tu piel, dormir en tus sedosos y prudentes cabellos...
Pareces tener prisa, puedo sacarte de tus apuros. Pareces estar aburrido, puedo hacer que rías hasta llorar. Pareces estar serio, daría todo por robarte una sonrisa. Pareces monótono, podríamos escapar de la rutina. Por vos, que no haría por tenerte conmigo...
Quiero que me lo expliques todo cuantas veces se te antoje, quiero que calles la infinidad del silencio siendo fiel a tus crueles instintos, que bien sabés me destrozan. Tu suave tono de voz es el más dulce éxtasis para mis oídos. Deseo que tu dedo índice marque el norte; serás mi brújula y podrás escoger el camino. Tu elección será el elixir del que beberé y gracias al cual me mantendré viva. Toma mi mano, conecta nuestras almas. Llévame por los caminos más oscuros y los rincones repletos de luz de tu vida. Anhelo saber todo de tí, conocer todo lo que conoces, palpar todo lo que tocas, quedarme contigo hasta el final.
Nos vemos de frente, pero no atino a articular nada. Sigues de largo, y sonrío. Tal vez la próxima...

lunes, 21 de noviembre de 2011

Un comienzo, ¿O un final?

La lluviosa e inestable mañana del lunes 24 de octubre, feriado nacional, me recibió con toda la amabalidad del mundo. Envuelta en una curiosa y melancólica esfera, la calle se observaba sumida en una paz inexorable e inaudita. Observaba pacientemente cómo el agua de una fina llovizna, víctima de la gravedad, decantaba a través de el frío vidrio de mi ventana. El seco y casi imperceptible ruido que producían al golpear contra la abertura, irradiaba una paz que bien sabía en mi hogar no existía.
Recostada en mis aposentos, la oscuridad total reinaba. Utilizaba como otras innumerables ocasiones mi dormitorio en función de escondite, pero aún así no me sentía guarnecida de la tensión que acechaba el lugar. Podía divisar los pulgares de mis pálidos pies, helados en aquel momento, retorcer un extremo de mis sábanas. Pude oír cómo el teléfono emitía su típico musical el cual indicaba que alguien estaba llamando. El sonido de un frígido grito proveniente de las entrañas de mi madre me guió hasta el comedor. Arrastraba aún mi manta conmigo, y mis manos temblaban. Traté de conternerla, pero, ¿Qué consuelo le podía otorgar en aquel momento, si ni siquiera podía hallar un consuelo para mí misma? Me fui alejando de a poco, presenciando cómo el mundo se desvanecía por sobre mis manos. Me fui alejando de a poco, infartada por la situación, devastada por la noticia, sosteniendo la sangre que escurría mi alma entre mis manos.
Presa del pánico.
Agotada.
Complaciendo al demonio.
Aferrándome a mí misma como único soporte.
Me desplomé tal y como lo haría una criatura en la sucia alfombra de la sala de estar. Alcanzé a divisar imágenes de recuerdos del pasado, memorias infantiles, travesuras inconcretas. Tantas risas, tantas charlas. Tantas cosas que jamás nos dimos el lujo de confesarnos, tanta verguenza, tanto pudor. Infinita cantidad de injusticias, de lágrimas que ahora derramaba en tu nombre.
Hubieron más llamados aquel húmedo y lluvioso día, mucho más de los que cualquiera de nosotros hubiese deseado. El tedioso timbre del teléfono mostraba su estridente ruido durante mucho más tiempo. Sujetos conocidos y completos extraños trataban de comunicarse para expresar sus "más profundas condolencias" y fuerzas para superar el tan penoso momento.
Recibí numerosas visitas, las cuáles debido a mi severo shock no recuerdo muy bien de quiénes se trataba. Girando la vista hacia la gran abertura espacial del universo, pude contemplar lo que ocurría mientras tanto, afuera. Una ínfima capa de rocío cubría las chapas de los vehículos que, apurados, transitaban por las calles de la abarrotada ciudad. Las hojas de los árboles dejaban gotear algunos rastros líquidos cubiertos de silencio. La paz inexorable y la profunda armonía que transmitía aquel panorama, muy poco tenía que ver con la realidad que me atropeyaba.
Pasé aquella noche hundida en mi soledad. El clima parecía haberse puesto de luto, con una enorme tormenta que provocaba estragos. Ramas se mecían sin piedad, gotas que con una increíble fuerza se estrellaban contra mi tejado. Un viento de tempestad que otorgaba vuelo a las expectantes hojas secas, las cuales formaban ya parte de los restos de el otoño. ¿Se trataba entonces de una imitación burlesca de mi situación, reflejada en aquel imprevisto temporal? ¿O era sólo el reflejo consumado de mis cenizas lo que constituía desde mi punto de vista un espejo, vano reflejo de la tristeza que me invadía?
Me estaba costando demasiado rendirme a los brazos de Morfeo. Aquella noche me invadía un deliberado insomnio sin prosedencia lógica, entumeciendo mis músculos e interrumpiendo mis pocas ganas pero gran voluntad de consolar el sueño. Decidí entonces distraerme.
Fijé la vista, al azar, en cualquier objeto que se me presentara. La casualidad o tal vez mi consirable cansancio, me condució a posar mis ojos en un Rosario. Simple pieza de plástico colgada por mi madre, cristiana ferviente, en uno de los cajones de mi cómoda. Una regresión inesperada me asaltó, recordándome la procedencia de aquel ente religioso.
Fue a los doce años, en un retiro obligatorio. ¿Se había tratado de una experiencia productiva? Estoy segura de que no me enriqueció en lo más mínimo. No obstante, opté por ponerme de pie. Recogí el objeto, lo enredé en mi muñeca, y me recosté nuevamente. Lo estrujé con todas las fuerzas que pude emitir desde mi débil y cansino cuerpo. Lo estrujé como si fuera el cuerpo de mi fallecido primo el que sostenía en mi piel, para de alguna forma sentirlo de una manera más directa y fuerte.
Pasillos, subidas, bajadas y corredores. Ascensores que no suben ni bajan, puertas que conducen a la nada. Esta sería una vana representación, más bien gráfica e ilustrativa, del gran misterio de la mente humana. Innumerables incógnitas aún irresueltas provocan el constante pensamiento, esfuerzo y preocupación de miles y millones de científicos especializados en el campo. Se rompen la cabeza en pedazos, en sus inútiles y desesperados intentos de comprenderla. De entender un poco más acerca de sí mismos, de lo que son, de su propio cuerpo y su respectiva conformación.
Afuera, la tormenta no se cansaba de provacar caos. Por dentro, luego de mucho tiempo, calor y contención inundaban el ambiente.
Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus
Pie Jesu Domine
Dona eis requiem, Amen.
-Wolfang Amadeus Mozart-
¿Te recordarán hoy los que tenían verguenza de mencionar tu nombre? ¿Poseerán plenamente también ellos, sentimiento que llena el corazón de los que te extrañamos tanto ahora? La piel se estremece casi automáticamente al recoradar cuánta bronca corrió por mis venas. Como si fuera más digno morir de leucemia o cáncer que de una sobredosis. Como si realmente hubiera algo de dignidad en la muerte
Pero la vida seguía su ritmo, y fue mi propia voluntad la que me insitó a asistir al colegio al día siguiente. Mi casa era un infierno, un hogar que ardía en las despiadadas llamas del no existir. Me la pasé en el baño del edificio, encerrada, llorando por demás. La gente me tendía su mano, pero ¿Cuál era la finalidad de su ayuda? Nada lo traería devuelta. De cualquier forma, la emergencia hídrica hizo que todo el alumnado se retirara. Y así salí del colegio, rumbo al funeral más traumático de mi vida.
Mi padre detuvo el auto en una curiosa avenida, con la excusa de que debía relizar comprar en un kiosco. Dijo ir a comprar alguna golosina, supongo que con el fin de alivianar un poco el ambiente y levantar al menos un poco mi miserable humor.
Al bajar del auto, observé a la multitud. Las personas continuaban caminando, practicando una especie de coreografía robótica. Cada uno tan metido en lo suyo, tan compenetrados con sus tareas. Jóvenes, ancianos, niños... tanta basura procreada. Sentí el impulso de soltar un aullido, un pedido de auxilio. En medio de tantos extraños, los seres humanos me mareaban. Mi madre me tomó de la mano, y comenzó nuestra pregrinación. Éramos una familia de tres, vestidos de luto, transitando en medio de la indiferencia que parecía mostrar resto del mundo. La larga caminata hasta la sala de velatorios concluyó al ingresar en ella. Las nahuseas aumentaron su intensidad: advertí la prescencia de una tabla con los nombres de los difuntos que eran agasajados durante aquella jornada.
Lucas Damián Ybañez
Q.E.P.D Fallec: 23-10-11 Exhum: 26-10-11
Simples palabras, escasa redacción, pobre sentido poético, típico homenaje. No obstante, aquella vulgar conjugación idiomática provocó estragos en mí. Fue un impacto tan fuerte, que al leerlas sentí como un cuchillo me atravesaba por medio. Observé durante un largo rato aquella cuadrícula.
Por respeto a la memoria de todos, me privaré de contarles los detalles de lo vivido dentro del salón. Me limitaré a confesarles que me costó mucho entrar. Temblaba ahora hasta mi caja toráxica, y no creía tener las agallas suficientes para hacerlo. De todas formas, terminé accediendo. Hasta hoy me aterrorize la imagen de un pálido cuerpo, recién salido de la autopsia, con un ramo de flores, probablemente las únicas y las últimas que recibió a lo largo de su corta vida. Una muerte joven yaciendo en un lecho precario. Obviamente, dejaré ileso de integridad al momento que relataré a continuación, pues lo considero central en esta crónica de muerte.
Al final de la ceremonia de despedida, me pareció apropiado dejarle algún recuerdo. Había oído de ciertos casos en los cuales se le entregaba un medallón al muerto, similar al que tenía el vivo, y así sus almas seguirían conectadas más alla de las dimensiones espaciales que los separaban. Sin embargo, me aterraba la idea de acercarme a ese simple cajón de estaño.
Para mi suerte, mi tío irrumpió en la escena. Admito que no tengo demasiado tacto, y al no surgir en mi palabras de apoyo, opté por algo simple. Lo miré a los ojos, me quité el rosario que llevaba colgado, y le pedí que se lo diera. Él sonrió y asintió. Esta vez, no necesité explicarle nada.
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Tanto tiempo se prolongaron mis vanos esfuerzos de traterte a la vida de nuevo... observando constantemente nuestros videos, fotos de una que otra reunión, canciones u objetos con tu olor. Conservando como oro tus objetos olvidados, venerando la tierra que alguna vez pisaste...
Hasta que cierto día caí en la cuenta de que hay una sóla cosa que la muerte no pudo tomar de mí. Existe algo que no tuvo en cuenta al despojarme deliberadamente de tu compañía: MEMORIA. El recuerdo, ese espectro de tus ganas de vivir que conservaré en lo profundo de mi alma. El sentir de tu presencia, tu vitalidad joven, tus chispa. El placer y la buena experiencia de haberte conocido, que halla tenido la suerte de ser tu prima.
Y aunque me destruya vivir el resto, o lo que queda de mi vida sin que formes parte de ella, sé que es necesario que no te retenga más y continúe mi camino. Recordar y castigarme por cosas que tuvieron que pasar, sólo me hundirá más en los suburbios del oscuro camino por el que al masoquismo le agrada hacerme transitar. Cargar con lo que me pesa y superar las cruces que se me presentan en el trayecto es lo que resta por hacer; luego se verá.
Hoy, un mes después de tu deceso, aún soy una atea convencida. No puedo asegurar con convicciones fuertes que exista algo después de la vida, pero estoy segura que llegará el día en el cual nuestras almas se reencuentren, para por fin descansar juntas.
Tan profundo, no me duele, no me hace mal.
Lejos, en el centro, de la tierra, las raices del amor, donde estaban, quedarán.
Entre no me olvides, yo no dejo nuestros abriles olvidados
En el fondo del placard, en el cuarto de invitados
Eran tiempos dorados, un pasado mejor.
Y aunque casi me equivoco y te digo poco a poco
No me mientas, no me digas la verdad
No te quedes callado, no levantes la voz, ni me pidas perdón.
"Quienes nos aman jamás nos dejan. Se quedan por siempre... aquí."

sábado, 19 de noviembre de 2011

Esbozando mi asesinato, matándome lentamente, planeando una crónica mortuaria.


Honestamente pienso que mis escritos son basura. Ya no soy la misma de antes, eso está más que claro. He madurado mucho en este tiempo y pienso seriamente que tal vez ya sea tiempo de cargar con lo que tengo y dejar mi pasado detrás.
El infierno de asistir a un establecimiento religioso donde no se me permite libertad de expresión, resulta cada vez más intolerable y me está carcomiendo por dentro. Observar como hipócritas hablan de moral y de la concepción errónea y recortada que poseen del mundo, me inunda de angustia. Profesoras con frustrados sueños intentan terminar con los míos también; me inculpan de cosas que jamás hice, me anotan en su maldita planilla por hechos de los que nunca fui responsable. Estoy cansada ya, eso es todo. Mi casa es un espacio neutro en el que ya no soy bienvenida. Lo mejor que tengo aquí son mis mascotas y mi máquina de escribir.
Caminando sola por los senderos de esta podrida urbe, me hace pensar en la muerte. Algo está por cambiar. Algo tiene que cambiar.
La muerte de mi primo me tortura incansablemente. Todo me recuerda a él, y siento que me sopla las pestañas mientras duermo. Mis terroríficos sueños con el día de su deceso continúan. Sólo estuve un par de horas en su funeral, y no lo pude acompañar hasta el final. Supongo que es por eso que todas las noches, horrorosas pesadillas de un entierro me persiguen. El fantasma de un recuerdo que no pude ver bajo tierra atormenta mi existir. Estaba recostado en un cajón, en una alta y lujosa iglesia. Su oscura, silenciosa y demacrada silueta lucía casi como la de un niño, tal y como aparece su figura en uno de los tantos videos de nuestra infancia que no dejo de ver. Todos estaban presentes allí y logré derramar tantas lágrimas en su nombre como no pude hacerlo hasta ahora.
No consigo encontrar un final adecuado para mi novela y no caeré en la postura otorgarle una terminación absurda. "La coherencia ante todo" es mi lema. Pienso que las historias incoherentes sólo aburren y desilucionan al lector de una manera desorbitante. Hay que utilizar la lógica para crear fantasías, que es en definitiva lo que necesita la gente de hoy en día. Los jóvenes carecen de ideales y desde mi punto de vista, parece que todos viven enfrascados en su realidad y no ven más allá. Resignados a no levantar la vista, consideran absurdo utilizar la imaginación y ahí es donde está su error cataclíptico. Debemos ampliar nuestra visión. La humanidad caerá en el estancamiento si la gente deja de soñar y utilizar la mente para crear cosas. Incluso me atrevo a afirmar que la ciencia, en cierto modo, se encuentra fuertemente ligada a la imaginación. Para plantear teorías científicas, primero se debió visualizar suposiciones dentro de las grandes de mentes de personajes como Newton, Edison y el gran Albert Einstein. Es esencial figurarse nuevos caminos para avanzar. Todo lo que existe previamente fue cuidadosamente o no, planeado.
Pero, despues de todo ¿Qué puedo saber yo? ¿Cómo podría exigirle credibilidad a palabras que salen de la boca de una joven de 16 años? Honestamente, a través de este blog solo denoto transparencia y enseño al mundo mi perfil más delicado y oculto. En mi vida cotidiana, trato de fingir cordura cuando en realidad debo admitir que estoy bastante trastornada. Sólo espero el momento de cumplir 18 años, comprar un departamento y tener un gato.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Anhelos*


Mi cabeza se hallaba tristemente nula. Casi bloqueada. Me senté apoyando todo el peso de mi mentón sobre mis manos, en una de mis tantas noches de reflexión, sumergida en mi persona. Ya había escrito acerca de mis desgracias adolescentes, de mi infancia mágica, de mis dichas y pormenores de mi papel, en este podrido lugar que me tocó vivir en la sociedad. Entonces me dí cuenta. Jamás había hablado sobre mis sueños. ¿Qué espero para mañana? ¿Cuáles son las expectativas que me planteo para lo que viene? El futuro... y puntos suspensivos. Es tan incierto que constituye casi un misterio. Tema tabú e intocable, en mi caso.
Cuando iba al jardín de infantes, era una persona tranquila y calma. Solía sentarme sola a pensar. Mi memoria no me traiciona, y bien recuerdo haberme imaginado millonares de cosas. Tal vez padecía de un leve caso de autismo o algo así, pero el caso es que jamás participé de ninguna actividad con mis compañeros de sala. Mientras los otros pintaban, en mi mente surgía una revolución cinematográfica. Me veía en una serie de espionaje, en las carteleras del cine y de la tele. La trama que había armado era más o menos así: yo era una espía de 5 años que junto con sus amigos resolvían crímenes seriales, historias de fantasmas o misterios urbanos. Tenía una pandilla que era incondicial para mí, cada uno de los integrantes de ella bien trazados y con nombres y todo (no los diré aquí porque la verdad es que son muy vergonzosos). Hacía un poco lo que hago ahora, recolectar experiencias visuales en su mayoría, sobre lugares personas u objetos. Sólo que con el tiempo logré plasmarlos en alguna rama del arte, como lo es la literatura.
Estos antecedentes despertaron luego en mí la necesidad y la ilusión de convertirme en actriz. Alimentaba mi fantasía viendo entrevistas a figuras destacadas y revisando biografías de actrices. Mis infantiles ojos revalsaban de anhelos y preciosas expectativas. Yo quería, lo quería en serio y estaba segura de que mi sueño se haría realidad. Pero el tiempo pasó, y siguió pasando. Y por más que le insistí a mi madre, ella jamás aprobó que practicara teatro (sé que llama la atención sus prohibiciones, pero ella es, en fin... complicada.). Y por fin pude tener la materia en el colegio. Tantas veces volví llorando silenciosamente de las clases debido a que el profesor no me tenía jamás en cuenta. Me encerraba en alguna cabina del asqueroso y viejo baño, me arrodillaba en el suelo, apretaba mis blancas manos contra mi rostro y explotaba. Sin nadie para consolarme. Sin ninguna mano apoyada en mi hombro.
Y así aprendí a crecer. Y así me fui haciendo más fuerte, o tal vez más debil. Sin embargo, dudo profundamente que mi metamorfosis halla sido algún bien.
El tiempo y los hechos atentaban con mi persona cada vez más fuerte, asemejándose cada vez más a las olas de un mar embravecido, que rompen contra la superficie de una manera brutal. Me iba desgastando poco a poco, pero me esforzaba y me alentaba a resistir. Pero un buen día la resignación se apoderó de mí. No encontraba ya rastros del mundo de felicidad en el cual vivía. Se esfumaron mis ganas de creer. Y así fue como dejé de tener sueños.
La noche te rompe la copa vendiendo ilusiones,
Dejándote retazos de sueños, por los rincones.