sábado, 5 de noviembre de 2011

Anhelos*


Mi cabeza se hallaba tristemente nula. Casi bloqueada. Me senté apoyando todo el peso de mi mentón sobre mis manos, en una de mis tantas noches de reflexión, sumergida en mi persona. Ya había escrito acerca de mis desgracias adolescentes, de mi infancia mágica, de mis dichas y pormenores de mi papel, en este podrido lugar que me tocó vivir en la sociedad. Entonces me dí cuenta. Jamás había hablado sobre mis sueños. ¿Qué espero para mañana? ¿Cuáles son las expectativas que me planteo para lo que viene? El futuro... y puntos suspensivos. Es tan incierto que constituye casi un misterio. Tema tabú e intocable, en mi caso.
Cuando iba al jardín de infantes, era una persona tranquila y calma. Solía sentarme sola a pensar. Mi memoria no me traiciona, y bien recuerdo haberme imaginado millonares de cosas. Tal vez padecía de un leve caso de autismo o algo así, pero el caso es que jamás participé de ninguna actividad con mis compañeros de sala. Mientras los otros pintaban, en mi mente surgía una revolución cinematográfica. Me veía en una serie de espionaje, en las carteleras del cine y de la tele. La trama que había armado era más o menos así: yo era una espía de 5 años que junto con sus amigos resolvían crímenes seriales, historias de fantasmas o misterios urbanos. Tenía una pandilla que era incondicial para mí, cada uno de los integrantes de ella bien trazados y con nombres y todo (no los diré aquí porque la verdad es que son muy vergonzosos). Hacía un poco lo que hago ahora, recolectar experiencias visuales en su mayoría, sobre lugares personas u objetos. Sólo que con el tiempo logré plasmarlos en alguna rama del arte, como lo es la literatura.
Estos antecedentes despertaron luego en mí la necesidad y la ilusión de convertirme en actriz. Alimentaba mi fantasía viendo entrevistas a figuras destacadas y revisando biografías de actrices. Mis infantiles ojos revalsaban de anhelos y preciosas expectativas. Yo quería, lo quería en serio y estaba segura de que mi sueño se haría realidad. Pero el tiempo pasó, y siguió pasando. Y por más que le insistí a mi madre, ella jamás aprobó que practicara teatro (sé que llama la atención sus prohibiciones, pero ella es, en fin... complicada.). Y por fin pude tener la materia en el colegio. Tantas veces volví llorando silenciosamente de las clases debido a que el profesor no me tenía jamás en cuenta. Me encerraba en alguna cabina del asqueroso y viejo baño, me arrodillaba en el suelo, apretaba mis blancas manos contra mi rostro y explotaba. Sin nadie para consolarme. Sin ninguna mano apoyada en mi hombro.
Y así aprendí a crecer. Y así me fui haciendo más fuerte, o tal vez más debil. Sin embargo, dudo profundamente que mi metamorfosis halla sido algún bien.
El tiempo y los hechos atentaban con mi persona cada vez más fuerte, asemejándose cada vez más a las olas de un mar embravecido, que rompen contra la superficie de una manera brutal. Me iba desgastando poco a poco, pero me esforzaba y me alentaba a resistir. Pero un buen día la resignación se apoderó de mí. No encontraba ya rastros del mundo de felicidad en el cual vivía. Se esfumaron mis ganas de creer. Y así fue como dejé de tener sueños.
La noche te rompe la copa vendiendo ilusiones,
Dejándote retazos de sueños, por los rincones.

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