lunes, 21 de noviembre de 2011

Un comienzo, ¿O un final?

La lluviosa e inestable mañana del lunes 24 de octubre, feriado nacional, me recibió con toda la amabalidad del mundo. Envuelta en una curiosa y melancólica esfera, la calle se observaba sumida en una paz inexorable e inaudita. Observaba pacientemente cómo el agua de una fina llovizna, víctima de la gravedad, decantaba a través de el frío vidrio de mi ventana. El seco y casi imperceptible ruido que producían al golpear contra la abertura, irradiaba una paz que bien sabía en mi hogar no existía.
Recostada en mis aposentos, la oscuridad total reinaba. Utilizaba como otras innumerables ocasiones mi dormitorio en función de escondite, pero aún así no me sentía guarnecida de la tensión que acechaba el lugar. Podía divisar los pulgares de mis pálidos pies, helados en aquel momento, retorcer un extremo de mis sábanas. Pude oír cómo el teléfono emitía su típico musical el cual indicaba que alguien estaba llamando. El sonido de un frígido grito proveniente de las entrañas de mi madre me guió hasta el comedor. Arrastraba aún mi manta conmigo, y mis manos temblaban. Traté de conternerla, pero, ¿Qué consuelo le podía otorgar en aquel momento, si ni siquiera podía hallar un consuelo para mí misma? Me fui alejando de a poco, presenciando cómo el mundo se desvanecía por sobre mis manos. Me fui alejando de a poco, infartada por la situación, devastada por la noticia, sosteniendo la sangre que escurría mi alma entre mis manos.
Presa del pánico.
Agotada.
Complaciendo al demonio.
Aferrándome a mí misma como único soporte.
Me desplomé tal y como lo haría una criatura en la sucia alfombra de la sala de estar. Alcanzé a divisar imágenes de recuerdos del pasado, memorias infantiles, travesuras inconcretas. Tantas risas, tantas charlas. Tantas cosas que jamás nos dimos el lujo de confesarnos, tanta verguenza, tanto pudor. Infinita cantidad de injusticias, de lágrimas que ahora derramaba en tu nombre.
Hubieron más llamados aquel húmedo y lluvioso día, mucho más de los que cualquiera de nosotros hubiese deseado. El tedioso timbre del teléfono mostraba su estridente ruido durante mucho más tiempo. Sujetos conocidos y completos extraños trataban de comunicarse para expresar sus "más profundas condolencias" y fuerzas para superar el tan penoso momento.
Recibí numerosas visitas, las cuáles debido a mi severo shock no recuerdo muy bien de quiénes se trataba. Girando la vista hacia la gran abertura espacial del universo, pude contemplar lo que ocurría mientras tanto, afuera. Una ínfima capa de rocío cubría las chapas de los vehículos que, apurados, transitaban por las calles de la abarrotada ciudad. Las hojas de los árboles dejaban gotear algunos rastros líquidos cubiertos de silencio. La paz inexorable y la profunda armonía que transmitía aquel panorama, muy poco tenía que ver con la realidad que me atropeyaba.
Pasé aquella noche hundida en mi soledad. El clima parecía haberse puesto de luto, con una enorme tormenta que provocaba estragos. Ramas se mecían sin piedad, gotas que con una increíble fuerza se estrellaban contra mi tejado. Un viento de tempestad que otorgaba vuelo a las expectantes hojas secas, las cuales formaban ya parte de los restos de el otoño. ¿Se trataba entonces de una imitación burlesca de mi situación, reflejada en aquel imprevisto temporal? ¿O era sólo el reflejo consumado de mis cenizas lo que constituía desde mi punto de vista un espejo, vano reflejo de la tristeza que me invadía?
Me estaba costando demasiado rendirme a los brazos de Morfeo. Aquella noche me invadía un deliberado insomnio sin prosedencia lógica, entumeciendo mis músculos e interrumpiendo mis pocas ganas pero gran voluntad de consolar el sueño. Decidí entonces distraerme.
Fijé la vista, al azar, en cualquier objeto que se me presentara. La casualidad o tal vez mi consirable cansancio, me condució a posar mis ojos en un Rosario. Simple pieza de plástico colgada por mi madre, cristiana ferviente, en uno de los cajones de mi cómoda. Una regresión inesperada me asaltó, recordándome la procedencia de aquel ente religioso.
Fue a los doce años, en un retiro obligatorio. ¿Se había tratado de una experiencia productiva? Estoy segura de que no me enriqueció en lo más mínimo. No obstante, opté por ponerme de pie. Recogí el objeto, lo enredé en mi muñeca, y me recosté nuevamente. Lo estrujé con todas las fuerzas que pude emitir desde mi débil y cansino cuerpo. Lo estrujé como si fuera el cuerpo de mi fallecido primo el que sostenía en mi piel, para de alguna forma sentirlo de una manera más directa y fuerte.
Pasillos, subidas, bajadas y corredores. Ascensores que no suben ni bajan, puertas que conducen a la nada. Esta sería una vana representación, más bien gráfica e ilustrativa, del gran misterio de la mente humana. Innumerables incógnitas aún irresueltas provocan el constante pensamiento, esfuerzo y preocupación de miles y millones de científicos especializados en el campo. Se rompen la cabeza en pedazos, en sus inútiles y desesperados intentos de comprenderla. De entender un poco más acerca de sí mismos, de lo que son, de su propio cuerpo y su respectiva conformación.
Afuera, la tormenta no se cansaba de provacar caos. Por dentro, luego de mucho tiempo, calor y contención inundaban el ambiente.
Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus
Pie Jesu Domine
Dona eis requiem, Amen.
-Wolfang Amadeus Mozart-
¿Te recordarán hoy los que tenían verguenza de mencionar tu nombre? ¿Poseerán plenamente también ellos, sentimiento que llena el corazón de los que te extrañamos tanto ahora? La piel se estremece casi automáticamente al recoradar cuánta bronca corrió por mis venas. Como si fuera más digno morir de leucemia o cáncer que de una sobredosis. Como si realmente hubiera algo de dignidad en la muerte
Pero la vida seguía su ritmo, y fue mi propia voluntad la que me insitó a asistir al colegio al día siguiente. Mi casa era un infierno, un hogar que ardía en las despiadadas llamas del no existir. Me la pasé en el baño del edificio, encerrada, llorando por demás. La gente me tendía su mano, pero ¿Cuál era la finalidad de su ayuda? Nada lo traería devuelta. De cualquier forma, la emergencia hídrica hizo que todo el alumnado se retirara. Y así salí del colegio, rumbo al funeral más traumático de mi vida.
Mi padre detuvo el auto en una curiosa avenida, con la excusa de que debía relizar comprar en un kiosco. Dijo ir a comprar alguna golosina, supongo que con el fin de alivianar un poco el ambiente y levantar al menos un poco mi miserable humor.
Al bajar del auto, observé a la multitud. Las personas continuaban caminando, practicando una especie de coreografía robótica. Cada uno tan metido en lo suyo, tan compenetrados con sus tareas. Jóvenes, ancianos, niños... tanta basura procreada. Sentí el impulso de soltar un aullido, un pedido de auxilio. En medio de tantos extraños, los seres humanos me mareaban. Mi madre me tomó de la mano, y comenzó nuestra pregrinación. Éramos una familia de tres, vestidos de luto, transitando en medio de la indiferencia que parecía mostrar resto del mundo. La larga caminata hasta la sala de velatorios concluyó al ingresar en ella. Las nahuseas aumentaron su intensidad: advertí la prescencia de una tabla con los nombres de los difuntos que eran agasajados durante aquella jornada.
Lucas Damián Ybañez
Q.E.P.D Fallec: 23-10-11 Exhum: 26-10-11
Simples palabras, escasa redacción, pobre sentido poético, típico homenaje. No obstante, aquella vulgar conjugación idiomática provocó estragos en mí. Fue un impacto tan fuerte, que al leerlas sentí como un cuchillo me atravesaba por medio. Observé durante un largo rato aquella cuadrícula.
Por respeto a la memoria de todos, me privaré de contarles los detalles de lo vivido dentro del salón. Me limitaré a confesarles que me costó mucho entrar. Temblaba ahora hasta mi caja toráxica, y no creía tener las agallas suficientes para hacerlo. De todas formas, terminé accediendo. Hasta hoy me aterrorize la imagen de un pálido cuerpo, recién salido de la autopsia, con un ramo de flores, probablemente las únicas y las últimas que recibió a lo largo de su corta vida. Una muerte joven yaciendo en un lecho precario. Obviamente, dejaré ileso de integridad al momento que relataré a continuación, pues lo considero central en esta crónica de muerte.
Al final de la ceremonia de despedida, me pareció apropiado dejarle algún recuerdo. Había oído de ciertos casos en los cuales se le entregaba un medallón al muerto, similar al que tenía el vivo, y así sus almas seguirían conectadas más alla de las dimensiones espaciales que los separaban. Sin embargo, me aterraba la idea de acercarme a ese simple cajón de estaño.
Para mi suerte, mi tío irrumpió en la escena. Admito que no tengo demasiado tacto, y al no surgir en mi palabras de apoyo, opté por algo simple. Lo miré a los ojos, me quité el rosario que llevaba colgado, y le pedí que se lo diera. Él sonrió y asintió. Esta vez, no necesité explicarle nada.
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Tanto tiempo se prolongaron mis vanos esfuerzos de traterte a la vida de nuevo... observando constantemente nuestros videos, fotos de una que otra reunión, canciones u objetos con tu olor. Conservando como oro tus objetos olvidados, venerando la tierra que alguna vez pisaste...
Hasta que cierto día caí en la cuenta de que hay una sóla cosa que la muerte no pudo tomar de mí. Existe algo que no tuvo en cuenta al despojarme deliberadamente de tu compañía: MEMORIA. El recuerdo, ese espectro de tus ganas de vivir que conservaré en lo profundo de mi alma. El sentir de tu presencia, tu vitalidad joven, tus chispa. El placer y la buena experiencia de haberte conocido, que halla tenido la suerte de ser tu prima.
Y aunque me destruya vivir el resto, o lo que queda de mi vida sin que formes parte de ella, sé que es necesario que no te retenga más y continúe mi camino. Recordar y castigarme por cosas que tuvieron que pasar, sólo me hundirá más en los suburbios del oscuro camino por el que al masoquismo le agrada hacerme transitar. Cargar con lo que me pesa y superar las cruces que se me presentan en el trayecto es lo que resta por hacer; luego se verá.
Hoy, un mes después de tu deceso, aún soy una atea convencida. No puedo asegurar con convicciones fuertes que exista algo después de la vida, pero estoy segura que llegará el día en el cual nuestras almas se reencuentren, para por fin descansar juntas.
Tan profundo, no me duele, no me hace mal.
Lejos, en el centro, de la tierra, las raices del amor, donde estaban, quedarán.
Entre no me olvides, yo no dejo nuestros abriles olvidados
En el fondo del placard, en el cuarto de invitados
Eran tiempos dorados, un pasado mejor.
Y aunque casi me equivoco y te digo poco a poco
No me mientas, no me digas la verdad
No te quedes callado, no levantes la voz, ni me pidas perdón.
"Quienes nos aman jamás nos dejan. Se quedan por siempre... aquí."

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