sábado, 16 de junio de 2012

Sangre

Gemidos espectrales provenientes de algún rincón oscuro de esta podrida ciudad venían hacia mí.
La noche del 15 de junio era una arpía.
Tomé el picaporte entre mis manos, y ejerciendo la presión justa, lo accioné. Una despiada brisa nocturna me recibió con su abrazadora fuerza, torciendo mis tobillos y dificultando gravemente mi caminar. Apreté los puños y entrecerrando los ojos a causa del viento, tomé la notoria determinación de cruzar el helado pavimento. Los árboles se mecían, hojas secas flotaban, alguno que otro sonoro estruendo disipaba mis dudas sobre un tal vez inexistente accidente automovilístco. La fragilidad del ambiente me producía asco y me impulsaba a apresurar mis pasos. Pero por más que deseara adelantarlo todo, la secuencia se desarrollaba paulatinamente más despacio y el torturante suplicio de no parecer avanzar me apoderaba. El saber que un reconfortante abrazo me esperaba en la cuadra siguiente me daba fuerzas para continuar, pero aún así, no bastaba para saciar mis frenéticos impulsos de escapar. Y justo cuando creí que la secuencia era ya insostenible, mis ojos lo encontraron. Entonces me desconcerté. En esa fracción de segundo, juro haber sabido que algo no funcionaba bien. Intenté ocultarlo y convencerme de que aquello no eran más que impresiones mías.
Me agaché a su lado, lo sostuve. Acogí a sus fríos deseos de querer, respiré de la tóxica frustración de un amor no correspondido, uní esas magulladas y sangrantes extremidades a las mías, consciente de que los atemorizantes deterioros físicos eran sólo una mínima parte de los estragos que se desataban en su interior. Y mientras oía sus suaves gemidos en mi oído, deseaba tener tantas respuestas a sus interrogantes como a los míos. ¿Por qué?
¿Por qué los sentimientos bellos son tan efímeros? ¿Cuál es la causa de que duren tan poco? ¿Cómo un ser humano podía quebrarse de aquella forma?¿Por qué quien había sido por tanto tiempo mi sostén se desplomaba allí, en esa patética y mugrienta vereda, en la que estoy segura, tantos recuerdos de un amor debían de habitar?
No sentía pudor al mostrarse en su faceta más íntima, despojado de todo prejuicio, tan desnudo o más aún quizás que en aquellas tibias tardes de otoño que nos dábamos el lujo de compartir. El dolor lo resquebrajaba en mil pedazos, que en su desgracia, no conseguían siquiera desperdigarse lejos para convertirse en polvo.
Me aferré lo más fuerte que pude a su brazo. Ahora eran dos las figuras que, desconcertadas y perdidas en medio de la niebla, no dejaban de temblar. El mundo había pasado a convertirse en un lugar horrendo e inhóspito. La acera nos deboraba y en su frenesí por destruirnos, parecía intetar clavarnos sus garras.
Y en ese último cigarro que encenció, lo vi claramente.
La raída llovizna, el constante pabullar de las bocinas, las confusas luces que entorpecían nuestro derrotero y nos mareaban. Todos formaban parte de un estado que me creo capaz de resumir en una simple oración.
El sentir un alma escurrirse entre mis manos.

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