lunes, 6 de febrero de 2012

Dejame hacerte feliz.


Miedo.
Tus marrones y profundos ojos aromatizaban el frágil ambiente que nuestras almas se habían apoyado la una en la otra para construir. Recuerdo tu olor, tus gestos, tu apariencia: te observé por prolongadas fracciones de tiempo sólo para ser capaz de mantener aquel momento vivo en mí provisoriamente, pues bien sabía que más tarde precisaría volverlo a la vida. Debía de portar un justificativo para cuando mi cerebro me exigiera explicaciones acerca del dolor de mi lesionado sentir. La humedad que rodeaba tu cuerpo y las finas gotas de lluvia que nos rociaba el estado meteorológico apenas amenazaban con mojarnos, y a su vez provocaban en mí un fuerte anhelo de permancer en ese encantado espacio terrenal, a tu lado. Sin embargo, permanecí inmóvil. Reprimí mis incontenibles ganas de consolar tu evidente dolor mientras explicabas de la mejor manera que eso jamás pasaría. Debía de irme acostumbrando a reprimir mis impulsos internos. Pues ahora lo estaba oyendo de tu propia boca; vos, que habías sido el protagonista de tantos de mis sueños; vos, que tanto me escuchaste y me trataste como nadie hizo ni hará; vos, que con un simple roze producís en mí sensaciones que me bien sé me costará enterrar en mi cajón del pasado. Escribí con sangre en mi cerebro la frase; "Es hora de irse", pero te confesé que no sería lo suficientemente firme como para cumplirla al pie de la letra. El sentimiento continuará su crecimiento, mi alma me traicionará una vez más, el destino me jugará otra mala pasada.
Te llené de dolor, te llené con penas,
Sabiendo que era yo la única culpable
Por dejar tu corazón en la lluvia
Y sé bien que te vas a ir lejos
Y me dejarás con esta deuda por pagar

Pero antes de que te vayas me gustaría decir que
Lo siento
Por romper las promesas que no pude mantener
Escucha, este momento es el último en que te suplico que te quedes
Pero tu ya estás en tu propio camino.

"Dejame hacerte feliz" Dije. Dije y lo sofoqué. Rozé sus labios, y rozé todo lo existente. Abrazé su cuerpo, y con sólo hacerlo surqué el infinito. Oí cada una de las palabras que tenías para decirme, y mientras sucesivos escalofríos atravesaban mi espalda, juré atesorarlas tanto tiempo como la memoria me lo permitiera.
En cada silencio, en cada suspiro, en cada palabra, en cada punto y aparte. En cada uno de los párrafos, en cada oración, en él irónico título que corona la redacción. El texto sos vos. El texto vive en vos.
Te marchaste. Me abandonaste. Lentamente, fui cayendo hacia el suelo, tomando asiento de manera inconsciente. Me encontré a mí misma desnuda y rodeada de cosas que no comprendía. Amarré mi rostro con ambas manos y ahogué un fuerte sollozo. Mis pestañas se desvanecían cada salada gota, mi visión se nublaba con cada lamento. Enjugué mis lágrimas e intenté simular una inexistente normalidad poniéndome de pie. La gente del lugar me observaba con las cejas fruncidas, evidentemente, expresando una notoria y creciente señal de preocupación. Me sostuve de una columna, cerré mis ojos por un instante en el cual creí juntar las fuerzas necesarias para mantener el equilibrio en medio de mi caótica condición. Corrí, corrí lejos, muy lejos. Mis pies se movían solos y me guiaban a un lugar donde nada era existente. Luces, personas, ruidos, confusión. Los peatones me hablaban, percibí que pretendían dialogar en otro idioma. No entendía nada.
Seguí corriendo, miré hacia atrás y me di cuenta. Durante el camino que trazaría de ahora en más, toda la trayectoria que fuera forjando, las huellas de mis zapatos serían sólo un par. Y ahora que te siento más lejos que nunca, es la ley de atracción quien perturba mi existencia; el deseo de cuidarte me invade y sé que no hay salida ni vuelta atrás.
"Dejame hacerte feliz" Dije. Dije y lo sofoqué.

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