sábado, 31 de diciembre de 2011

Psicodélicamente alucino


Revisando mi historial de experiencias pasadas, he descubierto prescenciar vivencias que superan incluso las situaciones más inusuales que pueda intentar volcar en mis obras.
Era mi primera vez palpando algo del mundo, adentrándome en el tabú de actividades ilícitas, prohibidas para mi corta edad. A mis trece años, observaba con respeto y temor las bebidas con graduación alcohólica, ya dispuestas a lo largo de la mesada. Pasadas las doce de aquel fin de año, y sin padres en casa, comenzamos a pasarnos los primeros tragos. Sosteniendo una botella en mi mano, me sentí peligrosa.
Eran demasiados los participantes de aquella reunión, demasiados como para guardarlos recelosamente en mi memoria. Sólo he retenido aquellos comensales claves en la historia que me he dispuesto a relatarles: mis dos primos, Javier, Tincho, Lucía, y una chica perturbada de la cual curiosamente no recuerdo su nombre. Ahora que lo pienso, no distingo qué clase de relación mantenían Javier y Tincho, pero estoy segura de que eran parientes. Ambos eran corpulentos y torpes, mayores que yo físicamente pero dudo que lo fueran respecto a su edad mental. Con sólo decirles que me recordaban mucho a Tweedledum y Tweedledee de Alicia en el país de las Maravillas, me reservo de demás descripciones. Les aseguro que no eran la clase de personas en las cuales depositarína algo de confianza. No fue casualidad que más tarde pensara que el estar en sus manos sería equivalente a estar muerta.
Lucía era la versión mejor lograda que he visto de la CreepGirl que siempre quise ser. CreepGirl es un seudónimo que ideé para mí misma. Describe mis instintos, mi filosofía, la forma en la que me veo y percibo. A pesar de que sólo lo he utilizado para una de mis cuentas en un sitio de arte y a manera de nombre-clave en un concurso literario, puedo afirmar sentirme orgullosa con mi creación. Retomando el tema, así era Lucía. Una joven gótica cubierta de maquillaje negro, que dibujaba una sonrisa desgarbada cada vez que intentaba mostrar algún gesto de cortesía. Sus manos eran pálidas al igual que el resto de su bien definido cuerpo.
La curiosa chica sin nombre no presentaba muchas diferencias con respecto a la anatomía de Lucía, sólo que cubría su cuerpo con largos harapos negros. Un negro y largo cabello grasoso coronaba el look, contrastando con sus oscuros y grandes ojos.
Pasadas unas rondas de tequila, todo se vuelve confuso. No recuerdo nada.
Flashes vienen y van. Mis manos sostienen involuntariamente más vasos con diferentes sustancias. Mi primo vomita. Lucía besa a un extraño chico.
Despierto. Me tomo del barandal más cercano y me encierro en una habitación elegida al azar. Puedo escuchar la música ahora, demasiado grande y ruidosa para el minúsculo baño de la vivienda. Siento que me voy a desmayar y lucho por evitarlo. La música se hace más y más estridente dentro de mi cabeza. “This is not my beautiful house! This is not my beautiful wife!”. La melodía ya no sólo está en el interior de mi cerebro. Son los Talking Heads, Once in a Lifetime, y están completamente sobre mí, vibrando contra mi espalda. Estoy tendida en el piso, parpadeando y tratando de estar conciente. La chica sin nombre me mira fijo y me rasguña. Me defiendo como puedo.
Es el fin. Estoy acabada. Estoy hiriendo al diablo. He vendido mi alma.
De pronto, la puerta del cuarto se abrió y una docena de personas que por lo visto me habrían estado buscando por todos lados entraron. ‘¿Estás bien?’ preguntó alguien, preocupado. Yo no podía hablar. Estaba asustada, estaba confundida, tenía que saltar, tenía que amputarme el brazo, tenía que hacer algo. Mi primo estaba con ellos, pero todo lo que él podía hacer era balbucear acerca de robar un bote salvavidas y escapar hacia el puerto.
Huí hacia otra habitación y encontré un cuarto bajo las escaleras que, por alguna razón, estaba provista de una almohada. Infestada por el olor a humedad y podredumbre, no me inquietaban las arañas. Me recosté sobre ella y disfruté la soledad. Podía oír a todo mundo afuera, particularmente a mi primo, quien continuaba sus divagaciones tratando de saltar al agua en busca de un bote salvavidas. Me preocupaba que se ahogara y que entonces tendría que hablar con sus padres. Esa era mi mayor preocupación: no me importaba quien muriera, por más vil que sonara. Tan sólo no quería lidiar con la policía y tener que afrontar a nuestros padres luego. Por supuesto que justifico este turbio pensar a mi falta de sobriedad y sentido común dado que obviamente, me encontraba alcoholizada por primera vez. Me desconocería completamente en el caso de que utilizara este malévolo criterio en estado normal y a plena luz del día, pues basta con afirmar que valoro más la vida de los demás que la propia mía.
Finalizada mi siesta, abandoné el minúsculo reducto en el cual descansaba. Me encontré con la casa limpia y una empleada del personal de limpieza haciendo su trabajo. Nadie en el living. Nadie en el comedor. Nadie convulsionando, ni agonizando como hubiera imaginado que aquella fiesta iba a terminar. Salí a la calle y confirmé mis dudas. Sólo mi primo y tal vez una cinco personas más dormían en el cordón. Antes de tomar la medida exhaustiva de obligarlo a entrar a la casa en ese instante, me senté a su lado. Estiró su mano y la tomé. En un esfuerzo por comunicarse conmigo, hizo ademán de decir algo, gimiendo y agitando efusivamente ambas manos.
La luz del alba me encandilaba. El sol destilaba sus primeros rayos contra nosotros.
Me paré y me fui, tan vacía como al principio de la noche.

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