jueves, 17 de enero de 2013

Negra eminencia

Los siguientes fragmentos no son más que una secuencia. Cada uno de ellos fue escrito en diferentes momentos de una sola noche, durante cortos lapsos de rara lucidez, cuando una especie de consciencia secundaria me dominaba y decidíamos en conjunto las palabras que debia de utilizar. Todos llevan un título condecorativo que esconde otro significado. Analizándolo al día siguiente comprobé que curiosamente o no, se trataba de un rompecabezas. Al armarlo deriva en un relato, tal vez el más sombrío y cínico que alguna vez redacté.

La duda
Rondaban las siete treinta de la mañana de aquel sábado. Un sol radiante azotaba sus primeros rayos contra los cristales del comedor familiar, brindando a aquella ínsólita escena del desayuno un toque más cálido aún. Pues era poco usual que compartiéramos una comida juntos. Siempre era mi madre, la que con paciencia, aguardaba a que yo me despertara y compartía conmigo ese delicioso café matutino, con gusto a resaca, con gusto a vómito y un dolor estomacal pestilente. Ese café que quemaba y era asquerosamente dulce, pero que sin embargo, me producía un inexplicable placer saborear.
__¿Por qué a esta hora?__Le pregunté entonces, volcando una pisca de reproche en las somnolientas palabras que le confería.
_Tu papá ya te va a explicar.__Se limitó a responder.
Se me atoró la tostada en la garganta. Dios, qué cagada podría haber hecho. Qué sublime cagada podría ameritar que me levantaran a las siete treinta, me prepararan un desayuno y me petrificaran con las palabras "Tu papá ya te va a explicar."
Al fin de la espera, mi padre apareció tras la puerta corrediza. Se aproximó hasta la mesa, cebó un mate, y justo cuando pensé que mi sentencia se avecinaba me tomó por sorpresa con una amigable invitación.
__¿Querés viajar conmigo?__Dijo con la más falsa de las sonrisas.
"No" Me imaginé responder también, mostrando los dientes de aquella forma tan fingidamente notoria. No obstante, algo dentro mío me impulsó a contestar;
__Bueno__No lo podía creer mientras lo decía.

La espera
Viajando por la ruta. Observando la preciosa llanura rural, tan pura, tan libre, un aliviante descanso a las monstruosas construcciones urbanos, condecorada por un precioso cielo. Despejado, sin nubes que molestaran, como orgulloso de enseñar toda su enormidad. No obstante, a lo lejos se avecinaba una tormenta. John Lennon sonaba en la radio mientras trataba de visualizarla, con su tan típico "Stand by me". "Quédate por mí", pensé entonces, murmurando mentalmente aquella prohibida declaración de amor, frente a un imponente paisaje azul. "Si tu cielo se llegara a nublar, si el horizonte es demasiado poco para vos. Si la suave brisa de mi aliento te distrajo de tu objetivo, si mi celoso y vengativo espíritu de mujer te lastima. Si mis predecibles palabras y copiados poemas ya te son amenos. Si mi presencia ya no te es notoria y estar a mi lado se ha convertido más en una adicción. Sólo entonces dejame sola. Sólo entonces abandoname en la vida, el peor de los castigos terrenales, como bien sabemos me lo merezco."
__Esperá acá arriba__Dijo mi padre al estacionar el auto.__Sólo será un rato.
Descreyendo al cien por ciento sus palabras (En el vocabulario de mi querido progenitor, un rato se trata de alrededor de dos horas) me recosté pacientemente en el asiento delantero. Tomé un bolígrafo y tracé algunos garabatos. Dibujé un gran y frondoso árbol, seguido de tres frías y cadavéricas figuras.Todas ellas llevaban nombre, excepto por una, la más terrorífica y pálida de todas.
La mía.

Extraño
Pasada una hora, una extraña mujer en la esquina comenzaba a observarme sin pudor alguno. Era de piel oscura, cabellos largos y lacios, manos maternales y una mirada relajada. Me pregunté que detalle de mi poco atractiva figura era la que llamaba la atención de aquella dama. ¿Interés casual?¿Pura curiosidad?¿Interés económico? ¿Interés inocente? ¿Interés social? ¿Interés sexual? No lo creo.
Fue mi padre quien irrumpió la escena y me hizo sobresaltar, abriendo la puerta opuesta del vehículo e invitándome a salir.
__Vení a saludar.__Me dijo tomándome por la muñeca, actitud que me disgusta de sobremanera. Cualquiera sabe que mis antebrazos son la parte más delgada y frágil de mi anatomía, de modo que tomarme de allí indica crecientes deseos de posesión y domininio.
__Hola__Pronunció entonces la mujer__Me voy a quedar con vos hasta que tu papá vuelva.
"Dios, qué desgracia." Pensé.
Uno de mis mayores impedimentos radica en que detesto hablar con la gente. El acto de dialogar me resulta sumamente tedioso además de una verdadera dificultad. Honestamente hoy son pocas las personas con las que comparto y disfruto una tranquila charla. Pocas son las personas a las que les dedico una palabra. Pocas son las personas a las que creo merecen escucharme, oír los delirios de esta descarriada.
Abrió la puerta de su humilde pero pintoresco hogar, dejando que un detestable olor a perfume se colara por la hendidura. Era una casa cubierta de un perfume barato, supuse, de esos que más que mejorar el ambiente lo endulzan con un horrible sabor.
Me abandonó en su sala de estar. Sentada en la pequeña silla, observaba curiosamente los detalles de aquella extraña habitación. Era pequeña y extremadamente oscura, la cual a pesar de llevar una enorme ventana, no permitía el paso de la luz. Desde allí el sonriente sol de esta mañana parecía terrorífico, una feliz y despiadada figura que originaba la peor sombra. Un vano intento de felicidad, una figura construido a partir del sarcasmo y la pesada broma de algún cretino. Aquel rojizo salón se alumbrara entonces gracias a unas cuantas velas desperdigadas. Frente a mí, un estante repleto de diversos santos, la más grande colección de estatuillas que vi en mi vida. Vírgenes enlazadas con cintas, retratos, algunos recuerdos de otros países. Uno que otro rosario, crucifijos, extrañas piedras dispuestas de una poco usual forma.
__¿Querés algo de tomar?
__No, gracias.
La mujer me contemplaba fijamente, con una extraña mezcla de burla y calidez dibujada en sus labios.
__Está bien. Voy a ir al grano. Podés decirme cómo estás, no tengas miedo.Te veo muy desganada.
__Todos lo hacen__Me limité a responder, sosteniendo el helado vaso de agua entre mis manos, fijando la vista en algún punto del espacio, inexistente por el momento.
__¿Estás durmiendo mal, no?
__Algo así.
__Seguramente también sufriste mucho por amor.
__Como todos__ Sentencié tomando un trago y aún sin mirarla a los ojos.
La mujer rió.
__Esa no es la cuestión. La cuestión es que vos anduviste haciendo cosas que no debías. Pactaste con alguien, pidiéndole que te brindara algo. El pacto se cumplió, vos recibiste lo que pediste, pero ahora esa entidad oscura te sigue y no te deja vivir.
¿Cómo sabía ella de él? De ese incesante escalofrío que me recorre de a momentos. De ese tacto que siento en mi espalda, tal y como si alguien me llamara con la mano. De ese dolor de pecho que me hace ver las estrellas y no me permite levantarme en las mañanas. De esas caricias que me recorren la piel por sólo tres veces y antes de dormir, esos susurros que me dicen "Sol" y casi me seducen. De esa presencia que se enrolla en mis piernas y me respira en el oído. Esa que me opaca, me persigue y me desgasta.
__Llamaste al oscuro. Y yo te voy a liberar del precio que tenés que pagar.
__¿Cómo?__Pregunté desesperadamente
__Conozco de esto. Soy médium.
¿Podría alguien librarme de aquellos que se cuelgan de mi cuello por las noches? ¿Podría hacer a un lado a los protagonistas mis peores pesadillas? ¿Sería ella quien lograría borrar de una vez por todas a las malditas plagas del insomnio, los vestigios más ardientes del mal que jugaban con mi existencia?
Habló con mi padre, dijo que necesitaba verme urgentemente al día siguiente. Que mi situación era peor de lo que pensaba. Que necesitaba ser purificada cuanto antes. Acordaron la hora de mi análisis. Volví a mi casa, confundida, perturbada, sumida en el infierno de mi cabeza. Otra vez, ese sentirse un bicho raro, ese ratoncito de laboratorio, un experimento fallido. Otra vez yo.


La crisis
Y mientras todo daba vueltas, las ocurrencias iban en aumento. Y sólo entonces los murmuros mentales que de a ratos me asaltan, se dedicaron a escupir mi verdad. "Yo no sé que soy, no sé lo que quiero. Sólo soy una escritora confundida, una joven perturbada que vive con sus padres y su gato. Una maldita antisocial cuyo mayor primer amor y refugio fue el arte.Una pálida y desgarbada figura que camina por las sucias calles del Boulevard Gálvez sólo en días lluviosos y feriados. Una torturada y desagradecida alma, que sólo sabe lo que es sufrir y no logra aprender del todo qué es amar. La adictiva idiota que necesita de Los Locos Adams para reír, de Nirvana para chillar, de nuez moscada para estimularse y pasarla bien. La más pesimista de su clase, la más involucionada de su género. La cara de orto que se maldice una y otra vez por no reír, por ser incapaz de sentir la felicidad rozarle los pies. A la que nunca le enseñaron la otra cara de la moneda, siempre le dieron la espalda y así entendió que debía alejarse de los humanos."

El precio
La negra eminenca estaba en mis sueños de nuevo.
"¡Grita, grita como una condenada, desgraciada perra!"
Era un hombre sin rostro, de unos tres metros, tan atemorizante como siempre. Era un viejo conocido, era el que se dedicaba a horrorizarme en mis infantiles descansos, a decorar mi infancia con una tenue pizca de morbosidad.
Nos hallábamos suspendidos en una enorme mazmorra, una especie de calabozo gigante cuyos límites eran manchas negras sin fin visible. Vestidos de gala, parecíamos preparados para una ceremonia.
Volqué la vista sobre mi cuerpo y me descubrí llevando un largo vestido negro. En mi mano, tres rosas del mismo color. En las de él, una navaja. Las notas de un desafinado órgano resonaban a lo lejos.
"¡Grita, grita como una condenada, desgraciada perra!" Repitió, se abalanzó sobre mí, y tras contemplar mi rostro por unos segundos, lo atravesó con el mango del cortante elemento.
"¡Grita, grita, grita!" Era insaciable, inagotable. Apasionado por el dolor, inhumanamente real, sonreía frenéticamente.
Desperté boca abajo y temblando. No cesaba de sudar. Me puse de pie forzosamente, y sosteniéndome con ambas manos, hice el suficiente equilibrio como para caminar unos pasos. Me miré al espejo y un arrebato de furia me invadió de pies a cabeza. No me pude contener en derrumbarlo todo. Sin pensarlo dos veces, tumbé una pila de libros de mi biblioteca. Mis pinturas, hojas, un vaso, cds, mis pastillas, la caja de cigarrillos que alguien había olvidado sobre mi mesa, el gran espejo, ropa, mi cabeza, todo al suelo. Todo ahora era bronca. Todo destrozos. Todo debía morir. Todo debía romperse. Algo tenía que salir de mí, pero ¡¿Qué?! ¿¿Qué era??
Azoté la almohada contra la pared, y fue en ese instante cuando, para mi sorpresa, me detuve.
Comprimí mi rostro entre mis manos, sin ahogar ni el más mínimo sollozo. Tal situación no lo merecía. Sin más que decir, aprisioné a Satán entre mis brazos, caí en la cama y me dormí por completo.



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